sábado, marzo 22, 2008

CARTA A LOS MIEMBROS DEL XXVIII CONGRESO DEL PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE (por José Miguel Insulza)

CARTA A LOS MIEMBROS DEL XXVIII CONGRESO DEL PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE.


Queridas compañeras y compañeros:

Desde que ingresé al Partido Socialista de Chile, hace ya veintitrés años, siempre he intentado estar presente en los encuentros partidarios. Por lo mismo me habría gustado mucho participar en este Congreso, que se realiza en un momento muy crucial para el país, el gobierno, la Concertación y también para los socialistas. Desgraciadamente, mis actuales responsabilidades internacionales me crean problemas de agenda que me hacen imposible asistir, como era mi propósito original. Envío a todas las delegadas y delegados, representantes de la base militante, mi saludo fraternal y mis mejores deseos de éxito en este importante evento.

El Congreso del Partido es un instante de encuentro, de reflexión y de unidad para decidir acerca de las grandes líneas de acción de nuestra organización para el futuro. Ojala este evento tenga la proyección que hoy se requiere, privilegiando la reflexión sobre la pasión y los asuntos programáticos sobre la lucha interna. Nadie debería restarse a este esfuerzo que el Partido debe hacer respecto de las profundas transformaciones que ha experimentado el país en estos últimos 18 años, en donde hemos jugado un rol protagónico, así como a los enormes desafíos que enfrentamos hacia el futuro.

Pertenezco, de manera inequívoca, a los que están orgullosos de los logros que hemos alcanzado en estos años. En 2010, nuestro país cumplirá doscientos años de vida independiente. De esos dos siglos, las dos últimas décadas habrán estado marcadas por cuatro gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia. Somos la coalición gobernante de más larga vida en la historia del país y hemos cambiado sustantivamente esa historia. Partimos de una dictadura oprobiosa y represiva y hemos creado una democracia progresista y participativa. Hemos triplicado el ingreso per cápita, con notables avances en el terreno social que nos han permitido reducir la pobreza a menos de un tercio desde 1990, mejorar todos y cada uno de los indicadores sociales y avanzar en un sistema integral de protección social con adelantos enormes en la cobertura de salud, educación y vivienda. Veinte años de Concertación han significado la construcción de más infraestructura que en ningún periodo anterior en nuestra historia. Hemos ampliado sustantivamente los espacios para la libre creación cultural y democratizado la gestión municipal y regional. Hemos dictado finalmente una ley de divorcio y hemos abolido la pena de muerte, dos atrasos culturales que pesaban sobre nuestra democracia por décadas.

Todas estas transformaciones y muchas más, que Uds. conocen perfectamente porque las han vivido y protagonizado, han sido principalmente el resultado de nuestra política de Concertación democrática. Hemos tenido la capacidad de construir una coalición estable que, por sobre todo, representa a la mayoría del país. Lo que hemos hecho ha sido producto de nuestros acuerdos y de nuestra unidad. Gracias a ella el país recuperó su democracia mediante una ejemplar movilización ciudadana que logró derrotar los afanes continuistas de una dictadura. Hemos protagonizado una transición ejemplar, reconquistando las libertades políticas y civiles. Las instituciones democráticas funcionan y se robustecen La estabilidad política y la paz social son los signos distintivos de nuestro país en estos años. Y pese a que aún nos queda un importante camino por recorrer, somos uno de los países en la región que registra los mayores niveles de verdad, justicia y reparación en materia de violaciones a los derechos humanos.

No todos son logros o éxitos. Como todo proceso político, económico y social, la experiencia de 18 años de gobiernos de la Concertación, en sus cuatro administraciones, sabe también de insuficiencias, errores y fracasos. Por ello, de la misma manera que podemos reclamar con toda justicia el crédito por los éxitos, debemos asumir con rigor y espíritu autocrítico nuestros errores y límites, que debemos corregir con un ánimo constructivo y de rectificación.

El balance de nuestras obras es, sin embargo, enormemente positivo y ello es lo que nos anima a postularnos, como coalición, a seguir dirigiendo el país. Porque si uno no valora lo que ha hecho, difícilmente puede prometer mejorarlo o transformarlo.

Nadie tiene más legitimidad que nosotros para dirigir nuestro país porque hemos sido principales en la construcción de nuestra realidad actual y porque nadie está más calificado que nosotros para corregir los errores, poner orden allí donde éste se ha perdido y continuar con la construcción de aquello que comenzamos desde la ruina moral que nos dejó una dictadura. Por eso podemos prometer a Chile más futuro, en una nueva etapa de más prosperidad y más justicia social.

Hemos transformado a Chile y es precisamente eso lo que hoy nos obliga a mucho más. No podemos quedarnos en la contemplación de lo alcanzado. La Concertación nació para cambiar a Chile y no puede convertirse en una fuerza conservadora, que solo mira a su pasado. Al concluir el segundo siglo de la historia de Chile independiente, debemos aspirar a iniciar el tercero con ideas nuevas, con nuevos acuerdos políticos que reflejen la realidad del país hoy.

El primer Congreso en los albores del siglo 21, cuando el gobierno presidido por Michelle Bachelet inicia la segunda mitad de su mandato y la oposición se plantea como único objetivo “el desalojo”, enfrenta a los socialistas y a la alianza de centro izquierda que ha guiado los destinos del país en estos años a nuevos e inéditos desafíos. Chile ha cambiado muy profundamente en un mundo caracterizado por la velocidad del cambio en el marco de la globalización y debemos reconocer que no sólo los socialistas sino el conjunto de las fuerzas políticas, tenemos crecientes dificultades para interpretar el sentido de estos cambios y las nuevas demandas ciudadanas que surgen en este nuevo escenario.

Nuestro país representa el típico caso de un crecimiento económico acelerado, en donde hemos logrado notables éxitos para reducir la pobreza y prácticamente erradicar la miseria, pero no hemos logrado reducir sustancialmente la brecha en materia de distribución del ingreso e igualdad de oportunidades. Tenemos menos pobres pero la brecha entre pobres y ricos es mayor que en el pasado. A pesar de que hemos desarrollado un claro y sostenido esfuerzo para asegurar un crecimiento con equidad, no hemos logrado llegar a la meta y estamos aun lejos de ella.

Chile debe y puede ser un país mucho más igualitario y equitativo. Hoy estamos en condiciones de atender las demandas de mayor justicia y equidad que provienen de la sociedad y están en la base del creciente malestar social que se expresa en nuestro país, en América Latina y el mundo.

La desigualdad sigue siendo una característica de nuestro país que nos avergüenza; se ve en las cargas tributarias, que lejos de mejorar la distribución del ingreso, mantienen el beneficio desproporcionado de unos pocos; se ve en las diferencias de calidad en la educación, con colegios pagados de altísima calidad frente a una educación pública y subvencionada en crisis; se ve en la ausencia de negociaciones colectivas reales para los trabajadores, que hacen que en definitiva sea el empleador el que fija las condiciones laborales y que el salario real crezca menos que la economía.

Ha llegado la hora en que asumamos resueltamente el desafío de introducir correcciones de fondo al modelo de desarrollo, que permitan elevar la productividad de las pequeñas y medianas empresas, los micro empresarios y los trabajadores por cuenta propia. Eso refiere a una reforma integral de la educación pública y privada, incluyendo el sistema educacional en todos sus niveles y la educación superior y el desarrollo de capacidad de innovación tecnológica y científica, en la cual el país invierte aún poquísimos recursos.

En el plano productivo no debemos vacilar en estimular el crecimiento. Si queremos recuperar nuestra competitividad en el plano internacional, no debemos tener temor a fomentar abiertamente áreas productivas y de servicios en que podemos desarrollar ventajas.

Pero no debemos engañarnos: estamos insertos en una economía global, en un modo de producción que tiende a premiar a los poseedores del capital y del conocimiento y deja atrás a los que carecen de esos atributos. Las transformaciones efectivas en la economía y la educación pueden aumentar el acceso a muchos, pero no eliminarán por si solas las desigualdades. Se requiere también para ello un estado vigoroso, que compense las desigualdades que genera la economía de mercado, mediante políticas públicas dirigidas a una efectiva distribución de la riqueza e igualdad de oportunidades.

Por eso, también el Estado requiere de reformas integrales y de fondo para responder a las nuevas demandas y necesidades en esta nueva realidad de nuestro desarrollo. Nuestra inserción en el mundo global y nuestra economía de mercado pueden generar más riqueza; hacer que ello redunde en beneficio de todos, es tarea de la política.

Debemos introducir reformas tributarias que modifiquen la distribución de la carga en favor de los sectores medios y bajos de nuestra sociedad y graven más a los más ricos. No se trata de hacer crecer innecesariamente el aparato estatal, ni de caer en populismos, pero no podemos seguir manteniendo las carencias e insuficiencias que aún arrastramos en terrenos tan sensibles como educación, salud, vivienda, obras públicas o transportes, además de la administración de algunas de las empresas públicas. De lo que se trata es de una verdadera reforma del Estado que permita adecuar el aparato público a los requerimientos del siglo 21 y que se corresponda con- nuestro desarrollo y con las nuevas demandas ciudadanas.

Pero este Estado para el cual reivindicamos una nueva centralidad debe a la vez dar garantías democráticas de transparencia y rendición de cuentas a todos los ciudadanos. Hemos recorrido un camino en este aspecto en estos años y existen aun reformas pendientes para hacer aún más transparente y profesional nuestra administración pública.

Centrales en esta indispensable reingeniería estatal son las reformas políticas que permitan profundizar y perfeccionar nuestra democracia. Fundamentalmente debemos preocuparnos de ampliar los niveles de participación ciudadana y de corregir nuestro sistema electoral para permitir la incorporación de las minorías significativas e incorporar a los jóvenes, aprobando la inscripción electoral automática que es un derecho constitucional de todo ciudadano.

También debemos preocuparnos de identificar vías que permitan un mayor equilibrio geográfico y social, generando mayor poder y autonomía para las regiones. Chile no puede seguir concentrado en algunas áreas urbanas, en que la calidad de vida tenderá necesariamente a decaer. Muchos de nuestros problemas tendrán mejor solución a través de una política efectivamente regionalista, que implique una efectiva de poder, autonomía y recursos a nuestras regiones.

Queridas compañeras y compañeros:

Los socialistas podemos estar legítimamente orgullosos del rol que hemos jugado en estos años. Somos la única fuerza de izquierda en la región que tuvo primero un rol protagónico para derrotar una dictadura y recuperar la democracia y que luego se incorporó como fuerza de gobierno en la transición; la fuerza de izquierda que ha gobernado democráticamente a lo largo de 18 años y que ha logrado elegir a dos de sus militantes como presidentes de Chile, demostrando responsabilidad y capacidad para asumir las tareas de gobierno.

Somos el Partido de Allende, que vivió durísimos años de represión e ilegalidad; que llevó a cabo un proceso de renovación política y que resurgió para cambiar a Chile. Somos el Partido que venciendo viejos fantasmas y mitos del pasado, impulsó y logró el reencuentro con sectores democráticos y progresistas de los que antes había sido adversario. Somos los fundadores de la Concertación de Partidos por la Democracia. Estuvimos entre los vencedores del plebiscito del 5 de Octubre de 1988 y hemos contribuido fundamentalmente a la gobernabilidad de Chile durante los últimos 18 años.

Por eso, en esta hora difícil, cuando hemos perdido la mayoría en el Congreso y se han producido divisiones y abandonos en la Concertación, es preciso reforzar nuestra alianza, que en la conducción del país. Como en otras horas de crisis, el Partido Socialista debe dar un paso al frente. Porque sabemos de divisiones y hemos conocido las derrotas a las cuales esas divisiones conducen. Porque estamos convencidos de que representamos como coalición a la mayoría del país; es el momento de deponer pequeñeces y afanes individuales de figuración. Debemos ponernos de acuerdo entre nosotros, para poner de acuerdo y unir de nuevo a la Concertación. Eso es lo que la mayoría de los chilenos esperan de nosotros y de este Congreso.

Queridas compañeras y compañeros:

Soy sólo uno más de Uds. y no daré lecciones desde lejos a este Congreso, máxima autoridad del Partido, cuando se apresta a construir una propuesta programática. Mi mensaje es únicamente una apelación para valorar todo lo avanzado en dos décadas de Concertación, asumiendo errores, insuficiencias y nuevos desafíos para proponer un proyecto de futuro que permita revitalizar nuestra coalición y dar verdadero sentido colectivo a nuestra acción política.

Yo no comparto las críticas interesadas o mal intencionadas en contra de la política y los partidos. Por el contrario, creo que ellos constituyen una de las fortalezas de la experiencia chilena y estoy convencido que han jugado un rol muy relevante y destacado para alcanzar los éxitos que despiertan la admiración y reconocimiento internacional. Si hay un "milagro chileno" que todo el mundo admira, es el milagro de la política, el de nuestra capacidad para forjar acuerdos y actuar desde lo público para cambiar a Chile.

Creo que, por momentos algo del estilo neoliberal que decimos combatir tiende a infiltrarse en la actividad política para privilegiar los intereses personales por sobre los intereses colectivos. No es mediante la crítica autodestructiva o cargada de intenciones como podemos construir propuestas de futuro. Debemos mirar con atención y detenimiento lo que ha sucedido en el país en estos años y la manera como los profundos cambios que hemos contribuido a impulsar han impactado la conciencia de los ciudadanos. Y sobre todo debemos estar abiertos a escuchar las nuevas demandas de los chilenos. Ello implica un esfuerzo democrático de diálogo y deliberación colectiva. Es un asunto político, no técnico sino político, que como tal compromete al conjunto del partido.

No son los liderazgos mesiánicos, ni menos los populismos de uno u otro signo, los que nos pueden señalar los caminos del futuro. Chile no se reinventa cada cuatro o seis años. Tal como ayer y a lo largo de nuestra historia, el país enfrenta una disyuntiva de cara al futuro. O avanzamos hacia una democracia integral que compatibilice crecimiento económico, sustentabilidad ambiental y equidad social, que equilibre el desarrollo económico con el social y cultural, que armonice el rol del Estado y el mercado, que asuma que la globalización es una realidad pero mantenga a la vez una identidad nacional, o enfrentaremos una derrota a manos de las fuerzas conservadoras que aún no logran saldar plenamente sus cuentas pendientes con la democracia en nuestro país.

El gran riesgo es que, igual que ellos, nos enfrasquemos en querellas y competencias de poder o negocios y perdamos de vista el interés de Chile. En otras palabras, que nos volvamos conservadores. Las deserciones que en meses recientes han dejado a la Concertación en minoría en el Congreso, son producto de la incapacidad de forjar y perseguir nuevamente ideales colectivos y de la reducción de la política al individualismo y el vedettismo a los cuales, desafortunadamente, algunos de nuestros propios camaradas no son inmunes.

Los socialistas tenemos una gran responsabilidad como integrantes de la alianza de centro izquierda más sólida que haya conocido la historia de nuestro país y que aspira a proyectarse al futuro. Pero al mismo tiempo podemos estar optimistas porque enfrentamos este momento con grandes fortalezas. A diferencia de otros momentos de nuestra historia partidaria, compartimos consensos esenciales para asumir a la democracia como el espacio y límite de la acción política. Mantenemos intactas nuestras convicciones y compromisos con los más débiles y desposeídos de nuestra sociedad. Queremos avanzar en la construcción de un Estado democrático y social de derechos que abra paso a una sociedad más justa e igualitaria. Estamos por la integración latinoamericana, el multilateralismo y un nuevo orden mundial que regule el proceso de globalización.

No somos un partido monolítico ni verticalista. Apreciamos y valoramos las diferencias de opinión que forman parte de la diversidad dentro de una identidad común. Somos una fuerza responsable de gobierno que se propone hacer nuevos y significativos aportes a los proyectos del futuro e impulsar una nueva etapa de prosperidad y justicia social junto a nuestros aliados de la Concertación.

En este Congreso tenemos la oportunidad para deliberar y reflexionar en común en torno a estos nuevos desafíos, que fortalezcan nuestra unidad, el gobierno de Michelle Bachelet y la propia coalición de centro izquierda que, en nuestra opinión, es el único sector político, avalado por el pasado reciente, capaz de asumir estos nuevos desafíos.

Permítanme, compañeras y compañeros, una última palabra sobre un aspecto de la contingencia al cual que estimo indispensable referirme:

He venido diciendo desde hace varios meses que considero prematuro buscar resolver el tema presidencial en Chile cuando el Gobierno de la Presidenta Bachelet está recién cumpliendo la mitad de su gestión y todavía debemos enfrentar el desafío de obtener una mayoría en las próximas elecciones municipales. En este período y con las dificultades existentes, además de los duros ataques a los que una oposición agresiva somete al gobierno, toda la Concertación, y los socialistas primero que nadie, debemos cerrar filas junto a la Presidenta para asegurar el pleno éxito de su programa. Ese éxito es también esencial para permitirle a la Concertación obtener una mayoría en las próximas elecciones municipales y optar a un nuevo mandato popular en 2009.

Espero que este Congreso discuta opciones de futuro e incluso establezca métodos para enfrentar las próximas decisiones en el terreno electoral. Pero espero también que estas materias no se transformen en temas de división y que sigamos trabajando unidos para este gobierno y para las próximas municipales. Creo que el momento de las definiciones y decisiones sobre las próximas elecciones presidenciales sólo arribará para la Concertación después de la elección de Octubre. Debemos definir un camino hacia allá, pero hoy sobre todo debemos trabajar para hacer que una nueva victoria de la Concertación en 2009 sea posible. Ello significa priorizar nuestro trabajo por el gobierno de la Presidenta Bachelet y por nuestra victoria electoral en los comicios municipales. Siempre he acompañado a mis compañeros y compañeras en estas campañas y Uds. saben que lo haré, en la forma y tiempo que sea compatible con las tareas que actualmente desempeño.

He dicho que estoy disponible para las definiciones que el Partido Socialista y la Concertación resuelvan. Lamento que una situación muy grave para nuestra América Latina me impida asistir a vuestras deliberaciones. Fui elegido para ocupar este cargo con el apoyo de mi país y debo cumplir a cabalidad con la tarea que he asumido. Pero Uds. saben que para mí, mi país, mi Partido y el proyecto que juntos hemos construido estarán siempre primero.

Por eso no me he resistido a enviar este saludo y algunas reflexiones que nacen de mirar a Chile desde la distancia pero con la misma emoción de siempre.

Reciban compañeras y compañeros el testimonio de mi cariño y compromiso y mis mayores deseos de éxito para este Congreso.




José Miguel Insulza
13 de Marzo de 2008

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