lunes, marzo 10, 2008

"La vía chilena al socialismo y Lelio Basso" por José Antonio Viera-Gallo




La vía chilena al socialismo y Lelio Basso (*)


(*) Lelio Basso, senador socialista italiano gran conocedor del pensamiento de Marx


José Antonio Viera-Gallo









Lelio Basso y la experiencia de gobierno dirigida por Salvador Allende, tema apasionante y hoy podemos decir “histórico”. No sólo por los años transcurridos, sino por los cambios verdaderamente “epocales” ocurridos en estas tres décadas. Efectivamente, resulta difícil mirar con los ojos de hoy lo que pasaba en la década de los 70 y tanto mas arriesgado emitir juicios al respecto. Lo más apropiado es contentarse con una actitud más modesta, y simplemente narrar lo que ocurría, en este caso el encuentro de Lelio Basso con la Unidad Popular.



En Chile con el triunfo electoral de la Unidad Popular, coalición política formada principalmente por los partidos socialista y comunista, se iniciaba un proceso político inédito que llamó inmediatamente la atención de partidarios y adversarios. Por primera vez un candidato que se reconocía marxista llegaba a la Presidencia con un programa de gobierno de carácter revolucionario, luego de ganar estrechamente una elección popular y de que el Congreso Pleno donde las fuerzas de izquierda no tenían mayoría, ratificara su triunfo, merced al voto de la Democracia Cristiana en su favor.



Se transformó en un hecho universal: las miradas se volvieron hacia lo que podría suceder en Chile, país con una histórica tradición democrática dentro de América Latina. Ello ocurría mientras estaba en pleno curso la guerra de Vietnam y a pocos años de la rebelión estudiantil que había sacudido a los países desarrollados con su fuerte carga cultural. Al parecer de muchos se abría un nuevo escenario en la confrontación Este-Oeste, mientras para otros se generaba una esperanza de romper la lógica de las superpotencias y avanzar hacia un socialismo de rostro humano. Lo que había sido aplastado en Praga en 1968 parecía renacer en Chile.



Lelio Basso de inmediato demostró interés en conocer la revolución chilena y viajó a Santiago dentro del marco de la llamada "operación verdad" destinada a contrarrestar la campaña internacional en contra de Allende, que contaba con el respaldo del gobierno de Nixon. Desde un comienzo se pintaba un cuadro diferente al existente y Nixon intentaba ahogar la experiencia chilena, tanto que Allende llegó a decir que Chile era un "vietnam silencioso". Entonces, para que dieran a conocer la realidad del país se invitó a numerosos intelectuales y personalidades que generan

opinión, entre ellos Lelio Basso, quien participó en un encuentro académico destinado a analizar la transición al socialismo, al cual también concurrieron Rossana Rossanda y Paul Sweezy entre otros. De todos ellos, el que demostró mayor simpatía política hacia el proyecto de Salvador Allende fue, sin duda, Basso, el cual en sus intervenciones buscó aportar a su sustentación teórica.



Cabe hacer notar que en esa época el marxismo se encontraba en su apogeo. Si bien habían diversas interpretaciones del pensamiento de Carlos Marx, en la izquierda latinoamericana y en numerosos intelectuales europeos la discusión se daba “dentro” del marxismo. Quien planteara el tema desde otra perspectiva teórica, quedaba excluido del círculo. Incluso pensadores ajenos a la perspectiva marxista no sólo dialogaban con ella, sino que la asumían de distintas maneras. Recordemos que J.P. Sartre escribió que el marxismo se había convertido en el horizonte cultural de la época. Era, entonces, perfectamente entendible que las discusiones políticas en la izquierda tuvieran como punto de referencia la obra de Marx.



Este es un punto importante a tener en cuenta: el debate en torno al socialismo como perspectiva de acción política tenía como punto de referencia ineludible a Marx y el desarrollo posterior de las experiencias revolucionarias que se inspiraban en su pensamiento. Además se vivía un clima fuertemente utópico luego de la revolución cubana, las luchas del Che Guevara, la rebelión de los estudiantes universitarios en 1968 y la revolución cultural china.



Lelio Basso no podía sustraerse de ese ambiente, si bien siempre mantuvo una distancia frente a los impulsos simplificadores. Basso también participaba de la crítica a los dos modelos de acción política del movimiento obrero: la revolución rusa y el esquema del Estado de bienestar surgido de la socialdemocracia europea. No escondía su simpatía por Rosa Luxemburgo. A la URSS le reprochaba su capitalismo de Estado y su sistema social y político autoritario y a la socialdemocracia su compromiso con el sistema capitalista, es decir, su reformismo.



En general los pensadores de izquierda – y entre ellos el propio Basso – partían de la idea que vivíamos una época “revolucionaria” , es decir, donde el progreso de las fuerzas productivas en el capitalismo a nivel mundial hacía posible procesos profundos de cambio hacia el socialismo. Basso sostenía que ello dependía no tanto de los factores objetivos, que estaban dados, sino de la existencia de un sujeto político con la voluntad de realizar las transformaciones necesarias. El tema crucial era el movimiento social y su expresión política. Además pensaba que dada la mundializació n en curso y la creciente distancia entre países desarrollados y países periféricos, era posible que los procesos revolucionarios tuvieran lugar principalmente en el Tercer Mundo, influido tal vez por las luchas que llevaron a la descolonizació n y los otros procesos a que hemos hecho mención en América Latina, Africa y Asia.



La llamada vía chilena al socialismo coincidía con algunas de las concepciones políticas centrales de Basso. El Presidente Salvador Allende había dicho que las ideas originales de Marx y Engels en favor de un camino electoral y no violento hacia el poder se estaban realizando en un país subdesarrollado como Chile y no en EE.UU, Inglaterra u Holanda como ellos habían imaginado. Sabido es que Marx sostenía que la maduración del capitalismo, la ampliación y organización de la clase obrera junto con la solidez de las instituciones democráticas con la extensión del sufragio universal, permitirían en esos países hipotizar una transformació n revolucionaria usando los mecanismos de la democracia llamada burguesa. Lo veía más difícil en Alemania o Italia por el mayor atraso de esas sociedades.



Engels incluso había llegado a sostener que el tiempo de la “revolución armada” había concluido, luego de la experiencia de la Comuna de París, debido a la mayor tecnificación y profesionalizació n de los ejércitos. El mismo Engels, sin embargo, en el prefacio a la edición inglesa de El Capital no excluía que frente al avance de las fuerzas socialistas en ese país, “la clase dominante inglesa se sometiera a tal revolución pacífica y legal sin una “proslavery rebellion”, es decir, sin desatar una resistencia violenta.



Pues bien, Allende tomando pie en esas afirmaciones, afirmaba que lo sostenido por los clásicos del socialismo científico se estaba realizando – contrariamente a lo que ellos habían imaginado – en un país atrasado como Chile, tal como la revolución rusa había sorprendido a la Internacional, y Lenín había tenido que elaborar la teoría del “eslabón más débil del capitalismo” como punto de ruptura del sistema para explicar por qué el fenómeno se había dado en un país donde el capitalismo no había alcanzado todavía un grado significativo de desarrollo. Consecuente con ello, Allende planteaba la idea de un “segundo camino al socialismo”, diferente del seguido hasta ese momento por las experiencias revolucionarias, especialmente la cubana en América Latina. No existe en sus discursos de esa época una reflexión mayor sobre las experiencias de la socialdemocracia en Europa, porque el foco de la atención estaba en la idea del “agotamiento del sistema capitalista” como esquema de desarrollo para América Latina y, en general, para el Tercer Mundo, y la consiguiente necesidad de ensayar nuevos derroteros políticos.



Este es un punto central: el agotamiento del capitalismo como esquema de desarrollo. Marx pensaba lo contrario, que la expansión del capitalismo en el mundo abría las puertas del progreso, aunque llevara consigo un grado importante de injusticia. La izquierda latinoamericana y chilena a partir de las reflexiones sobre el imperialismo y desarrollando la llamada "teoría de la dependencia" , sostenía que el camino al desarrollo suponía un cambio drástico de enfoque.



Cabe recordar que este debate estaba profundamente influido por las críticas a la "estrategia de desarrollo hacia adentro" que Chile, como muchos otros países de la región, seguía desde 1934, estrategia frustrada al no lograr consolidar una industrializació n dinámica basada en la sustitución de importaciones para abastecer al mercado interno impulsada como reacción a la Gran Depresión. El PIB por habitante creció en todos esos años sólo a un 2.1%. Entonces, se postulo no sólo el agotamiento de ese particular modelo de crecimiento, sino del sistema capitalista en cuanto tal. Estas posiciones no sólo eran compartidas por la izquierda, con algunas reticencias del Partido Comunista, sino también eran asumidas por importantes sectores de la Democracia Cristiana y, en general, del mundo cristiano latinoamericano sacudido por la toma de conciencia de las injusticias sociales y el incipiente surgimiento de la teología de la liberación.



Marx había señalado en un discurso en Ámsterdam en 1872 que cada país tenía su propio camino al socialismo según fueran sus tradiciones, instituciones y costumbres. Por eso Allende podía hablar con propiedad de una vía chilena al socialismo con sabor a empanadas y vino tinto. Incluso Lenín en "El Estado y la revolución" reconoce que así como las formas políticas del Estado en el capitalismo son muy diversas, también en la transición socialista habrá una multiplicidad de sistemas de gobierno. En rigor, la dictadura del proletariado no era concebida como un régimen político sino como una determinada organización social, aunque en los hechos ambos planos se confundieron y la ambigüedad del concepto ha servido para justificar el despotismo. Por eso Allende la excluía de su diseño político.



La originalidad de la experiencia chilena estaba, precisamente, en la utilización de métodos democráticos para avanzar hacia una superación del sistema, aunque fuera gradualmente, sin recurrir a la violencia y sin caer en lo que se consideraba el reformismo claudicante de la socialdemocracia. En eso consistía principalmente el segundo camino al socialismo, que en la concepción de Allende excluía la dictadura del proletariado como forma autoritaria de ejercer el poder. En una palabra, eran democráticos los métodos usados para lograr el poder y también para ejercerlo. Dicho en otros términos, se trataba de superar los límites de la democracia formal avanzando hacia una democracia real que sólo podía sustentarse en una economía socializada.



Sobre los aspectos institucionales y jurídicos de este proceso había pocos precedentes y las reflexiones de Marx sobre los mismos en el período de transición eran abiertamente insuficientes y la ciencia política moderna se había constituido al margen del marxismo. Como señala N. Bobbio, "a pesar que Marx se propuso escribir en sus primeros años una "crítica de la política" y que mostró interés por la teoría política al comentar algunos parágrafos sobre el Estado de la Filosofía del derecho de Hegel, no escribió ninguna obra dedicada expresamente al problema del Estado, tan es así que la teoría política marxista debe ser deducida de pasajes, generalmente breves, tomados de obras de economía, historia, política, literatura, etc" ( La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político). Este vacío encuentra su raíz en la concepción negativa del Estado de Marx al identificar su actuar con la dominación de la clase dirigente.



Hubo en el caso chileno una fuerte polémica entre el Partido Comunista y el Partido Socialista respecto a la naturaleza del proceso político encabezado por la UP. El primero aceptaba las ideas de Allende, pero excluía que el programa de su gobierno tuviera un carácter socialista. Lo concebía más bien como un programa antifeudal y antimperialista que prepararía el camino hacia posteriores cambios propiamente socialistas, con lo cual se acercaba en los hechos al reformismo socialdemócrata. Y por eso mismo mantenía la idea de la dictadura del proletariado; el Partido Socialista, en cambio, afirmaba con fuerza el carácter socialista del proceso chileno y buscaba definir rápidamente la cuestión del poder estatal para avanzar más decididamente hacia el socialismo siguiendo su consigna de “avanzar sin transar”. La visión comunista estaba más cercana a la posición de la URSS que apoyaba los cambios en Chile pero miraba con recelo que pudiera surgir una nueva forma de socialismo que pusiera en cuestión su propio sistema; también desconfiaba de la posibilidad que en el área de influencia norteamericana pudiera tener éxito un proceso revolucionario. En cambio la actitud del PS sintonizaba más con las ideas cubanas de extender la revolución por América Latina.



Basso no entró directamente en ese debate. Intentó mas bien comprender lo que estaba sucediendo en el país y dar sustento teórico a la experiencia allendista. Fue así como propuso un conjunto de ideas que en la práctica podían servir para polemizar con las fuerzas más izquierdistas que negaban la posibilidad de una revolución no violenta y que planteaban la necesidad de una ruptura tajando con el Estado burgués. Esos planteamientos encontraban eco en importantes sectores del PS y en el MIR, y había muchos teóricos marxistas que las sustentaban.



Basso fue crítico con quienes adherían ciegamente a la tesis de la conquista violenta del poder con miras a la posterior construcción del socialismo. Las raíces históricas – a su juicio – de esta posición no se encuentran tanto en Marx como en pensadores del Setecientos y el Ochocientos, como Babeuf, Morelly, O'Brien y Blanqui. Acusa a quienes sostienen esta tesis de hacer una lectura simplista de Marx, entre ellos a Paul Sweezy que entonces dirigía la Monthly Review.



Sostiene que la sociedad va generando en su propio seno, durante un largo y complejo proceso, los gérmenes del cambio. En palabras de Marx, “en los poros de la vieja sociedad se ha formado una sociedad nueva” de manera análoga a lo ocurrido con el surgimiento del capitalismo desde la sociedad feudal. La conquista del poder puede, entonces, ocurrir por vía democrática. Ello no excluía – según el propio Basso – que frente a una rebelión violenta de las fuerzas resistentes al cambio, se respondiera con la violencia. Pero en ese caso se trataría de una violencia doblemente legítima: no sólo por los propósitos que buscaba, sino también por ser una respuesta a la reacción de los adversarios que habrían quebrantado la legalidad.



Como afirma el propio Basso, Marx no confiaba tanto en una toma violenta del poder, como en “la maduración simultánea y conjunta, a través de un largo proceso de lucha de clases, tanto de las condiciones objetivas ( desarrollo y socialización de las fuerzas productivas y consiguiente transformació n de la estructura), como de las condiciones subjetivas ( formación y desarrollo de la conciencia de clase, capacidad democrática de autogobierno del proceso productivo por parte del proletariado, remoción progresiva de las relaciones de poder , etc.)”. El progreso tecnológico se convierte, de hecho, en un potente factor de cambio social. Por cierto no el único, pero con un papel no despreciable. Existe en el capitalismo una lógica contradictoria entre la socialización creciente de las fuerzas productivas, por una parte, y la lógica de la apropiación individual de la ganancia, por otra. Del entrecruzarse de ambas lógicas se deriva la flexibilidad del sistema y su capacidad para integrar las reformas sociales, que son a la vez el fruto de las luchas de los trabajadores y de las exigencias de progreso de la producción.



Basso atribuye gran importancia a la capacidad política de las fuerzas populares para intervenir en el proceso histórico y, con una visión revolucionaria, dar sentido a las reformas, para que la lógica de socialización se convierta poco a poco en el eje de cristalizació n de todos los elementos de la futura sociedad. Cita a Engels quien afirma que una vez comprendidas las leyes de funcionamiento del sistema, lo que falta es la voluntad para someterlas a los fines revolucionarios. En su visión se articula el carácter revolucionario de los fines con la gradualidad de las reformas. Basso se aleja del extremismo revolucionario y del reformismo.



Así coincide exactamente con la posición de Salvador Allende. Uno era el intelectual, otro el líder político; uno el estudioso del marxismo, el otro el hombre de grandes intuiciones y visiones de futuro. Se produce así un encuentro de hecho entre estos dos personajes, que se ubicaban políticamente a la izquierda de los Partidos Socialistas.



Para avalar su posición, Basso se refiere al papel que puede jugar el derecho en un proceso de cambio social rechazando de plano las interpretaciones simplistas que sólo ven en el derecho un instrumento de dominación. Sus reflexiones eran muy significativas para Chile justo cuando se experimentaba la vía legal al socialismo.



En primer lugar Basso hace referencia a la función ideológica del derecho burgués que intenta esconder el sustrato real de injusticia existente en la sociedad afirmando principios generales. Se trata de promesas incumplidas. Siendo el capitalismo una sociedad de la desigualdad y la explotación, debe sin embargo presentarse como una sociedad libre y de iguales. Marx había afirmado en El Capital que "en cuanto a la vida real, es justamente el "Estado político" el que, aun cuando no se halle todavía conscientemente impregnado de las exigencias socialistas, contiene en todas sus formas modernas, las exigencias de la razón. Y no se detiene allí. Presenta por doquier la razón como realizada. Cae por tanto siempre en la contradicción entre su finalidad ideal y sus presupuestos reales. De este conflicto del Estado político consigo mismo puede desarrollarse en todas partes la verdad social".



Efectivamente y en forma creciente, los principios jurídicos de valor universal se convierten en un motor para procurar grados mayores de justicia. Cada vez se acepta en menor medida el contraste abierto entre la norma jurídica y la realidad social. Así sucede, por ejemplo, con los derechos humanos y su consagración en el derecho internacional, que se han convertido en un verdadero código ético eficaz para poner atajo a los principales abusos del poder.



Sin advertir la futura ola neoconservadora y neoliberal, Basso afirma que una mayor intervención del Estado puede ser tanto un propósito de las fuerzas socialistas como una exigencia del buen funcionamiento del propio sistema capitalista. En los años 70 no se podía prever que el dinamismo de la globalización llevaría a un debilitamiento de los Estados y que las fuerzas neoliberales buscarían romper el equilibrio existente entre las esferas de lo público y lo privado en economía a favor del mercado libre de regulaciones y trabas. No serían las fuerzas socialistas las que cuestionarían ya el Estado de bienestar y sus logros sociales, sino las fuerzas conservadoras con la bandera del Estado mínimo. Y justamente Chile, como reacción al período de la UP, sería un experimento en ese sentido



Además con el avance político de las fuerzas socialistas, Basso firma que se produce un cambio cultural en el significado de muchas normas jurídicas, las cuales son revalorizadas saliendo del olvido o bien reinterpretadas a favor del proceso en curso. Es decir, las contradicciones existentes en el interior del sistema normativo reflejan y sirven el cambio en curso. En la UP se recurrió a leyes dictadas décadas atrás que facultaban al Gobierno para intervenir en la economía y la oposición criticó este actuar motejando al Gobierno de hacer uso de "resquicios legales".



Basso sostenía, influido por la experiencia italiana, la importancia que tenía en este proceso de transición la magistratura, órgano estatal encargado justamente de interpretar la ley y de aplicarla. En Chile la magistratura jugó un papel conservador, sirviendo de freno al accionar del Gobierno. Respecto al papel del Parlamento, Basso comprende la importancia que tiene para un Ejecutivo que promueve el cambio, el apoyo de la ciudadanía que influirá en el papel de los parlamentarios. Por tanto, la existencia de una mayoría parlamentaria adversa, no es un obstáculo insalvable.



No se le escapa a L. Basso, sin embargo, que el poder político condicionado de la Unidad Popular estaba lejos de significar la dirección efectiva de la sociedad. Hace referencia a casos europeos análogos, pero advierte en el Gobierno de Salvador Allende una voluntad política auténticamente socialista, que no busca una suerte de compromiso social con el capitalismo, como ocurre en las experiencias socialdemócratas que Basso criticaba. La suerte de la via chilena - a su juicio - dependía en gran medida de la capacidad de resistencia que podían tener las fuerzas conservadoras dentro y fuera de la legalidad, legítima o violentamente.



Basso no hace un análisis político de la situación chilena de los años 70, ni da consejos de cómo se debe actuar. Tampoco desarrolla sus ideas sobre el cuadro internacional existente. Se limita a entregar un conjunto de reflexiones de teoría política que sirven para legitimar la via chilena al socialismo en el cuadro cultural de la izquierda de la época, para lo cual recurre principalmente a su conocimiento del pensamiento de Marx.



Todos conocemos el trágico desenlace que tuvo la experiencia encabezada por Salvador Allende. No es esta la ocasión para evaluar su viabilidad histórica. El hecho es que las esperanzas de cambio social chocaron con la intervención militar y el establecimiento de una inhumana dictadura que transformó profundamente la sociedad. El país fue derivando progresivamente hacia una suerte de empate social y político que paralizó la economía y el aparato institucional. Hubo intentos de diálogo y búsqueda de una salida negociada que no fructificaron. El Presidente Allende intentó salvar la democracia hasta que las FF.AA. optaron por hacerse violentamente del poder y el General Augusto Pinochet lo ejerció sin contrapeso ni miramientos durante casi 17 años hasta que la ciudadanía en un plebiscito abrió las puertas a la democracia.



Lelio Basso luchó infatigablemente por defender los derechos humanos violados en Chile y en América Latina, donde se sucedían los regímenes militares. No sólo lo hizo con su voz autorizada, sino que organizando el Tribunal Russell que tuvo importantes y numerosas sesiones para recibir los testimonios de lo que sucedía en Chile. Fue éste un instrumento significativo de toma de conciencia , y sirvió también para hacer avanzar el derecho internacional de los derechos humanos.



Basso nos acompañó en el período de lucha y en nuestra derrota. Estuvo siempre a nuestro lado, sin llegar a ver el triunfo de la democracia sobre la dictadura. Por eso le debemos gratitud, y cuando falleció, los exiliados chilenos en Roma fuimos con nuestras banderas a tributarle nuestro sincero homenaje.



Desde entonces la historia se aceleró: cayeron los muros, terminó el apartheid, se profundizó la globalización con la difusión de las nuevas tecnologías, se agotó la experiencia comunista, el horizonte cultural se llenó con las teorías de la post-modernidad y el resurgimiento del fundamentalismo religioso, el terrorismo internacional cobró nuevos bríos y una nueva forma de sociedad comenzó a asomarse al escenario mundial: la sociedad del conocimiento. Las discusiones de la última mitad del siglo pasado perdieron relevancia. Una cosa, sin embargo, permanece de la figura de Lelio Basso, legítimo exponente de la izquierda de esos años: su lucidez intelectual y su solidez ética reflejadas en una visión universal de los problemas económicos, sociales y políticos y en la solidaridad con los movimientos de cambio a lo largo del mundo.



Quienes conocimos a Salvador Allende y a Lelio Basso no olvidaremos su ejemplo.

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