sábado, marzo 22, 2008

CARTA A LOS MIEMBROS DEL XXVIII CONGRESO DEL PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE (por José Miguel Insulza)

CARTA A LOS MIEMBROS DEL XXVIII CONGRESO DEL PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE.


Queridas compañeras y compañeros:

Desde que ingresé al Partido Socialista de Chile, hace ya veintitrés años, siempre he intentado estar presente en los encuentros partidarios. Por lo mismo me habría gustado mucho participar en este Congreso, que se realiza en un momento muy crucial para el país, el gobierno, la Concertación y también para los socialistas. Desgraciadamente, mis actuales responsabilidades internacionales me crean problemas de agenda que me hacen imposible asistir, como era mi propósito original. Envío a todas las delegadas y delegados, representantes de la base militante, mi saludo fraternal y mis mejores deseos de éxito en este importante evento.

El Congreso del Partido es un instante de encuentro, de reflexión y de unidad para decidir acerca de las grandes líneas de acción de nuestra organización para el futuro. Ojala este evento tenga la proyección que hoy se requiere, privilegiando la reflexión sobre la pasión y los asuntos programáticos sobre la lucha interna. Nadie debería restarse a este esfuerzo que el Partido debe hacer respecto de las profundas transformaciones que ha experimentado el país en estos últimos 18 años, en donde hemos jugado un rol protagónico, así como a los enormes desafíos que enfrentamos hacia el futuro.

Pertenezco, de manera inequívoca, a los que están orgullosos de los logros que hemos alcanzado en estos años. En 2010, nuestro país cumplirá doscientos años de vida independiente. De esos dos siglos, las dos últimas décadas habrán estado marcadas por cuatro gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia. Somos la coalición gobernante de más larga vida en la historia del país y hemos cambiado sustantivamente esa historia. Partimos de una dictadura oprobiosa y represiva y hemos creado una democracia progresista y participativa. Hemos triplicado el ingreso per cápita, con notables avances en el terreno social que nos han permitido reducir la pobreza a menos de un tercio desde 1990, mejorar todos y cada uno de los indicadores sociales y avanzar en un sistema integral de protección social con adelantos enormes en la cobertura de salud, educación y vivienda. Veinte años de Concertación han significado la construcción de más infraestructura que en ningún periodo anterior en nuestra historia. Hemos ampliado sustantivamente los espacios para la libre creación cultural y democratizado la gestión municipal y regional. Hemos dictado finalmente una ley de divorcio y hemos abolido la pena de muerte, dos atrasos culturales que pesaban sobre nuestra democracia por décadas.

Todas estas transformaciones y muchas más, que Uds. conocen perfectamente porque las han vivido y protagonizado, han sido principalmente el resultado de nuestra política de Concertación democrática. Hemos tenido la capacidad de construir una coalición estable que, por sobre todo, representa a la mayoría del país. Lo que hemos hecho ha sido producto de nuestros acuerdos y de nuestra unidad. Gracias a ella el país recuperó su democracia mediante una ejemplar movilización ciudadana que logró derrotar los afanes continuistas de una dictadura. Hemos protagonizado una transición ejemplar, reconquistando las libertades políticas y civiles. Las instituciones democráticas funcionan y se robustecen La estabilidad política y la paz social son los signos distintivos de nuestro país en estos años. Y pese a que aún nos queda un importante camino por recorrer, somos uno de los países en la región que registra los mayores niveles de verdad, justicia y reparación en materia de violaciones a los derechos humanos.

No todos son logros o éxitos. Como todo proceso político, económico y social, la experiencia de 18 años de gobiernos de la Concertación, en sus cuatro administraciones, sabe también de insuficiencias, errores y fracasos. Por ello, de la misma manera que podemos reclamar con toda justicia el crédito por los éxitos, debemos asumir con rigor y espíritu autocrítico nuestros errores y límites, que debemos corregir con un ánimo constructivo y de rectificación.

El balance de nuestras obras es, sin embargo, enormemente positivo y ello es lo que nos anima a postularnos, como coalición, a seguir dirigiendo el país. Porque si uno no valora lo que ha hecho, difícilmente puede prometer mejorarlo o transformarlo.

Nadie tiene más legitimidad que nosotros para dirigir nuestro país porque hemos sido principales en la construcción de nuestra realidad actual y porque nadie está más calificado que nosotros para corregir los errores, poner orden allí donde éste se ha perdido y continuar con la construcción de aquello que comenzamos desde la ruina moral que nos dejó una dictadura. Por eso podemos prometer a Chile más futuro, en una nueva etapa de más prosperidad y más justicia social.

Hemos transformado a Chile y es precisamente eso lo que hoy nos obliga a mucho más. No podemos quedarnos en la contemplación de lo alcanzado. La Concertación nació para cambiar a Chile y no puede convertirse en una fuerza conservadora, que solo mira a su pasado. Al concluir el segundo siglo de la historia de Chile independiente, debemos aspirar a iniciar el tercero con ideas nuevas, con nuevos acuerdos políticos que reflejen la realidad del país hoy.

El primer Congreso en los albores del siglo 21, cuando el gobierno presidido por Michelle Bachelet inicia la segunda mitad de su mandato y la oposición se plantea como único objetivo “el desalojo”, enfrenta a los socialistas y a la alianza de centro izquierda que ha guiado los destinos del país en estos años a nuevos e inéditos desafíos. Chile ha cambiado muy profundamente en un mundo caracterizado por la velocidad del cambio en el marco de la globalización y debemos reconocer que no sólo los socialistas sino el conjunto de las fuerzas políticas, tenemos crecientes dificultades para interpretar el sentido de estos cambios y las nuevas demandas ciudadanas que surgen en este nuevo escenario.

Nuestro país representa el típico caso de un crecimiento económico acelerado, en donde hemos logrado notables éxitos para reducir la pobreza y prácticamente erradicar la miseria, pero no hemos logrado reducir sustancialmente la brecha en materia de distribución del ingreso e igualdad de oportunidades. Tenemos menos pobres pero la brecha entre pobres y ricos es mayor que en el pasado. A pesar de que hemos desarrollado un claro y sostenido esfuerzo para asegurar un crecimiento con equidad, no hemos logrado llegar a la meta y estamos aun lejos de ella.

Chile debe y puede ser un país mucho más igualitario y equitativo. Hoy estamos en condiciones de atender las demandas de mayor justicia y equidad que provienen de la sociedad y están en la base del creciente malestar social que se expresa en nuestro país, en América Latina y el mundo.

La desigualdad sigue siendo una característica de nuestro país que nos avergüenza; se ve en las cargas tributarias, que lejos de mejorar la distribución del ingreso, mantienen el beneficio desproporcionado de unos pocos; se ve en las diferencias de calidad en la educación, con colegios pagados de altísima calidad frente a una educación pública y subvencionada en crisis; se ve en la ausencia de negociaciones colectivas reales para los trabajadores, que hacen que en definitiva sea el empleador el que fija las condiciones laborales y que el salario real crezca menos que la economía.

Ha llegado la hora en que asumamos resueltamente el desafío de introducir correcciones de fondo al modelo de desarrollo, que permitan elevar la productividad de las pequeñas y medianas empresas, los micro empresarios y los trabajadores por cuenta propia. Eso refiere a una reforma integral de la educación pública y privada, incluyendo el sistema educacional en todos sus niveles y la educación superior y el desarrollo de capacidad de innovación tecnológica y científica, en la cual el país invierte aún poquísimos recursos.

En el plano productivo no debemos vacilar en estimular el crecimiento. Si queremos recuperar nuestra competitividad en el plano internacional, no debemos tener temor a fomentar abiertamente áreas productivas y de servicios en que podemos desarrollar ventajas.

Pero no debemos engañarnos: estamos insertos en una economía global, en un modo de producción que tiende a premiar a los poseedores del capital y del conocimiento y deja atrás a los que carecen de esos atributos. Las transformaciones efectivas en la economía y la educación pueden aumentar el acceso a muchos, pero no eliminarán por si solas las desigualdades. Se requiere también para ello un estado vigoroso, que compense las desigualdades que genera la economía de mercado, mediante políticas públicas dirigidas a una efectiva distribución de la riqueza e igualdad de oportunidades.

Por eso, también el Estado requiere de reformas integrales y de fondo para responder a las nuevas demandas y necesidades en esta nueva realidad de nuestro desarrollo. Nuestra inserción en el mundo global y nuestra economía de mercado pueden generar más riqueza; hacer que ello redunde en beneficio de todos, es tarea de la política.

Debemos introducir reformas tributarias que modifiquen la distribución de la carga en favor de los sectores medios y bajos de nuestra sociedad y graven más a los más ricos. No se trata de hacer crecer innecesariamente el aparato estatal, ni de caer en populismos, pero no podemos seguir manteniendo las carencias e insuficiencias que aún arrastramos en terrenos tan sensibles como educación, salud, vivienda, obras públicas o transportes, además de la administración de algunas de las empresas públicas. De lo que se trata es de una verdadera reforma del Estado que permita adecuar el aparato público a los requerimientos del siglo 21 y que se corresponda con- nuestro desarrollo y con las nuevas demandas ciudadanas.

Pero este Estado para el cual reivindicamos una nueva centralidad debe a la vez dar garantías democráticas de transparencia y rendición de cuentas a todos los ciudadanos. Hemos recorrido un camino en este aspecto en estos años y existen aun reformas pendientes para hacer aún más transparente y profesional nuestra administración pública.

Centrales en esta indispensable reingeniería estatal son las reformas políticas que permitan profundizar y perfeccionar nuestra democracia. Fundamentalmente debemos preocuparnos de ampliar los niveles de participación ciudadana y de corregir nuestro sistema electoral para permitir la incorporación de las minorías significativas e incorporar a los jóvenes, aprobando la inscripción electoral automática que es un derecho constitucional de todo ciudadano.

También debemos preocuparnos de identificar vías que permitan un mayor equilibrio geográfico y social, generando mayor poder y autonomía para las regiones. Chile no puede seguir concentrado en algunas áreas urbanas, en que la calidad de vida tenderá necesariamente a decaer. Muchos de nuestros problemas tendrán mejor solución a través de una política efectivamente regionalista, que implique una efectiva de poder, autonomía y recursos a nuestras regiones.

Queridas compañeras y compañeros:

Los socialistas podemos estar legítimamente orgullosos del rol que hemos jugado en estos años. Somos la única fuerza de izquierda en la región que tuvo primero un rol protagónico para derrotar una dictadura y recuperar la democracia y que luego se incorporó como fuerza de gobierno en la transición; la fuerza de izquierda que ha gobernado democráticamente a lo largo de 18 años y que ha logrado elegir a dos de sus militantes como presidentes de Chile, demostrando responsabilidad y capacidad para asumir las tareas de gobierno.

Somos el Partido de Allende, que vivió durísimos años de represión e ilegalidad; que llevó a cabo un proceso de renovación política y que resurgió para cambiar a Chile. Somos el Partido que venciendo viejos fantasmas y mitos del pasado, impulsó y logró el reencuentro con sectores democráticos y progresistas de los que antes había sido adversario. Somos los fundadores de la Concertación de Partidos por la Democracia. Estuvimos entre los vencedores del plebiscito del 5 de Octubre de 1988 y hemos contribuido fundamentalmente a la gobernabilidad de Chile durante los últimos 18 años.

Por eso, en esta hora difícil, cuando hemos perdido la mayoría en el Congreso y se han producido divisiones y abandonos en la Concertación, es preciso reforzar nuestra alianza, que en la conducción del país. Como en otras horas de crisis, el Partido Socialista debe dar un paso al frente. Porque sabemos de divisiones y hemos conocido las derrotas a las cuales esas divisiones conducen. Porque estamos convencidos de que representamos como coalición a la mayoría del país; es el momento de deponer pequeñeces y afanes individuales de figuración. Debemos ponernos de acuerdo entre nosotros, para poner de acuerdo y unir de nuevo a la Concertación. Eso es lo que la mayoría de los chilenos esperan de nosotros y de este Congreso.

Queridas compañeras y compañeros:

Soy sólo uno más de Uds. y no daré lecciones desde lejos a este Congreso, máxima autoridad del Partido, cuando se apresta a construir una propuesta programática. Mi mensaje es únicamente una apelación para valorar todo lo avanzado en dos décadas de Concertación, asumiendo errores, insuficiencias y nuevos desafíos para proponer un proyecto de futuro que permita revitalizar nuestra coalición y dar verdadero sentido colectivo a nuestra acción política.

Yo no comparto las críticas interesadas o mal intencionadas en contra de la política y los partidos. Por el contrario, creo que ellos constituyen una de las fortalezas de la experiencia chilena y estoy convencido que han jugado un rol muy relevante y destacado para alcanzar los éxitos que despiertan la admiración y reconocimiento internacional. Si hay un "milagro chileno" que todo el mundo admira, es el milagro de la política, el de nuestra capacidad para forjar acuerdos y actuar desde lo público para cambiar a Chile.

Creo que, por momentos algo del estilo neoliberal que decimos combatir tiende a infiltrarse en la actividad política para privilegiar los intereses personales por sobre los intereses colectivos. No es mediante la crítica autodestructiva o cargada de intenciones como podemos construir propuestas de futuro. Debemos mirar con atención y detenimiento lo que ha sucedido en el país en estos años y la manera como los profundos cambios que hemos contribuido a impulsar han impactado la conciencia de los ciudadanos. Y sobre todo debemos estar abiertos a escuchar las nuevas demandas de los chilenos. Ello implica un esfuerzo democrático de diálogo y deliberación colectiva. Es un asunto político, no técnico sino político, que como tal compromete al conjunto del partido.

No son los liderazgos mesiánicos, ni menos los populismos de uno u otro signo, los que nos pueden señalar los caminos del futuro. Chile no se reinventa cada cuatro o seis años. Tal como ayer y a lo largo de nuestra historia, el país enfrenta una disyuntiva de cara al futuro. O avanzamos hacia una democracia integral que compatibilice crecimiento económico, sustentabilidad ambiental y equidad social, que equilibre el desarrollo económico con el social y cultural, que armonice el rol del Estado y el mercado, que asuma que la globalización es una realidad pero mantenga a la vez una identidad nacional, o enfrentaremos una derrota a manos de las fuerzas conservadoras que aún no logran saldar plenamente sus cuentas pendientes con la democracia en nuestro país.

El gran riesgo es que, igual que ellos, nos enfrasquemos en querellas y competencias de poder o negocios y perdamos de vista el interés de Chile. En otras palabras, que nos volvamos conservadores. Las deserciones que en meses recientes han dejado a la Concertación en minoría en el Congreso, son producto de la incapacidad de forjar y perseguir nuevamente ideales colectivos y de la reducción de la política al individualismo y el vedettismo a los cuales, desafortunadamente, algunos de nuestros propios camaradas no son inmunes.

Los socialistas tenemos una gran responsabilidad como integrantes de la alianza de centro izquierda más sólida que haya conocido la historia de nuestro país y que aspira a proyectarse al futuro. Pero al mismo tiempo podemos estar optimistas porque enfrentamos este momento con grandes fortalezas. A diferencia de otros momentos de nuestra historia partidaria, compartimos consensos esenciales para asumir a la democracia como el espacio y límite de la acción política. Mantenemos intactas nuestras convicciones y compromisos con los más débiles y desposeídos de nuestra sociedad. Queremos avanzar en la construcción de un Estado democrático y social de derechos que abra paso a una sociedad más justa e igualitaria. Estamos por la integración latinoamericana, el multilateralismo y un nuevo orden mundial que regule el proceso de globalización.

No somos un partido monolítico ni verticalista. Apreciamos y valoramos las diferencias de opinión que forman parte de la diversidad dentro de una identidad común. Somos una fuerza responsable de gobierno que se propone hacer nuevos y significativos aportes a los proyectos del futuro e impulsar una nueva etapa de prosperidad y justicia social junto a nuestros aliados de la Concertación.

En este Congreso tenemos la oportunidad para deliberar y reflexionar en común en torno a estos nuevos desafíos, que fortalezcan nuestra unidad, el gobierno de Michelle Bachelet y la propia coalición de centro izquierda que, en nuestra opinión, es el único sector político, avalado por el pasado reciente, capaz de asumir estos nuevos desafíos.

Permítanme, compañeras y compañeros, una última palabra sobre un aspecto de la contingencia al cual que estimo indispensable referirme:

He venido diciendo desde hace varios meses que considero prematuro buscar resolver el tema presidencial en Chile cuando el Gobierno de la Presidenta Bachelet está recién cumpliendo la mitad de su gestión y todavía debemos enfrentar el desafío de obtener una mayoría en las próximas elecciones municipales. En este período y con las dificultades existentes, además de los duros ataques a los que una oposición agresiva somete al gobierno, toda la Concertación, y los socialistas primero que nadie, debemos cerrar filas junto a la Presidenta para asegurar el pleno éxito de su programa. Ese éxito es también esencial para permitirle a la Concertación obtener una mayoría en las próximas elecciones municipales y optar a un nuevo mandato popular en 2009.

Espero que este Congreso discuta opciones de futuro e incluso establezca métodos para enfrentar las próximas decisiones en el terreno electoral. Pero espero también que estas materias no se transformen en temas de división y que sigamos trabajando unidos para este gobierno y para las próximas municipales. Creo que el momento de las definiciones y decisiones sobre las próximas elecciones presidenciales sólo arribará para la Concertación después de la elección de Octubre. Debemos definir un camino hacia allá, pero hoy sobre todo debemos trabajar para hacer que una nueva victoria de la Concertación en 2009 sea posible. Ello significa priorizar nuestro trabajo por el gobierno de la Presidenta Bachelet y por nuestra victoria electoral en los comicios municipales. Siempre he acompañado a mis compañeros y compañeras en estas campañas y Uds. saben que lo haré, en la forma y tiempo que sea compatible con las tareas que actualmente desempeño.

He dicho que estoy disponible para las definiciones que el Partido Socialista y la Concertación resuelvan. Lamento que una situación muy grave para nuestra América Latina me impida asistir a vuestras deliberaciones. Fui elegido para ocupar este cargo con el apoyo de mi país y debo cumplir a cabalidad con la tarea que he asumido. Pero Uds. saben que para mí, mi país, mi Partido y el proyecto que juntos hemos construido estarán siempre primero.

Por eso no me he resistido a enviar este saludo y algunas reflexiones que nacen de mirar a Chile desde la distancia pero con la misma emoción de siempre.

Reciban compañeras y compañeros el testimonio de mi cariño y compromiso y mis mayores deseos de éxito para este Congreso.




José Miguel Insulza
13 de Marzo de 2008

lunes, marzo 10, 2008

"La vía chilena al socialismo y Lelio Basso" por José Antonio Viera-Gallo




La vía chilena al socialismo y Lelio Basso (*)


(*) Lelio Basso, senador socialista italiano gran conocedor del pensamiento de Marx


José Antonio Viera-Gallo









Lelio Basso y la experiencia de gobierno dirigida por Salvador Allende, tema apasionante y hoy podemos decir “histórico”. No sólo por los años transcurridos, sino por los cambios verdaderamente “epocales” ocurridos en estas tres décadas. Efectivamente, resulta difícil mirar con los ojos de hoy lo que pasaba en la década de los 70 y tanto mas arriesgado emitir juicios al respecto. Lo más apropiado es contentarse con una actitud más modesta, y simplemente narrar lo que ocurría, en este caso el encuentro de Lelio Basso con la Unidad Popular.



En Chile con el triunfo electoral de la Unidad Popular, coalición política formada principalmente por los partidos socialista y comunista, se iniciaba un proceso político inédito que llamó inmediatamente la atención de partidarios y adversarios. Por primera vez un candidato que se reconocía marxista llegaba a la Presidencia con un programa de gobierno de carácter revolucionario, luego de ganar estrechamente una elección popular y de que el Congreso Pleno donde las fuerzas de izquierda no tenían mayoría, ratificara su triunfo, merced al voto de la Democracia Cristiana en su favor.



Se transformó en un hecho universal: las miradas se volvieron hacia lo que podría suceder en Chile, país con una histórica tradición democrática dentro de América Latina. Ello ocurría mientras estaba en pleno curso la guerra de Vietnam y a pocos años de la rebelión estudiantil que había sacudido a los países desarrollados con su fuerte carga cultural. Al parecer de muchos se abría un nuevo escenario en la confrontación Este-Oeste, mientras para otros se generaba una esperanza de romper la lógica de las superpotencias y avanzar hacia un socialismo de rostro humano. Lo que había sido aplastado en Praga en 1968 parecía renacer en Chile.



Lelio Basso de inmediato demostró interés en conocer la revolución chilena y viajó a Santiago dentro del marco de la llamada "operación verdad" destinada a contrarrestar la campaña internacional en contra de Allende, que contaba con el respaldo del gobierno de Nixon. Desde un comienzo se pintaba un cuadro diferente al existente y Nixon intentaba ahogar la experiencia chilena, tanto que Allende llegó a decir que Chile era un "vietnam silencioso". Entonces, para que dieran a conocer la realidad del país se invitó a numerosos intelectuales y personalidades que generan

opinión, entre ellos Lelio Basso, quien participó en un encuentro académico destinado a analizar la transición al socialismo, al cual también concurrieron Rossana Rossanda y Paul Sweezy entre otros. De todos ellos, el que demostró mayor simpatía política hacia el proyecto de Salvador Allende fue, sin duda, Basso, el cual en sus intervenciones buscó aportar a su sustentación teórica.



Cabe hacer notar que en esa época el marxismo se encontraba en su apogeo. Si bien habían diversas interpretaciones del pensamiento de Carlos Marx, en la izquierda latinoamericana y en numerosos intelectuales europeos la discusión se daba “dentro” del marxismo. Quien planteara el tema desde otra perspectiva teórica, quedaba excluido del círculo. Incluso pensadores ajenos a la perspectiva marxista no sólo dialogaban con ella, sino que la asumían de distintas maneras. Recordemos que J.P. Sartre escribió que el marxismo se había convertido en el horizonte cultural de la época. Era, entonces, perfectamente entendible que las discusiones políticas en la izquierda tuvieran como punto de referencia la obra de Marx.



Este es un punto importante a tener en cuenta: el debate en torno al socialismo como perspectiva de acción política tenía como punto de referencia ineludible a Marx y el desarrollo posterior de las experiencias revolucionarias que se inspiraban en su pensamiento. Además se vivía un clima fuertemente utópico luego de la revolución cubana, las luchas del Che Guevara, la rebelión de los estudiantes universitarios en 1968 y la revolución cultural china.



Lelio Basso no podía sustraerse de ese ambiente, si bien siempre mantuvo una distancia frente a los impulsos simplificadores. Basso también participaba de la crítica a los dos modelos de acción política del movimiento obrero: la revolución rusa y el esquema del Estado de bienestar surgido de la socialdemocracia europea. No escondía su simpatía por Rosa Luxemburgo. A la URSS le reprochaba su capitalismo de Estado y su sistema social y político autoritario y a la socialdemocracia su compromiso con el sistema capitalista, es decir, su reformismo.



En general los pensadores de izquierda – y entre ellos el propio Basso – partían de la idea que vivíamos una época “revolucionaria” , es decir, donde el progreso de las fuerzas productivas en el capitalismo a nivel mundial hacía posible procesos profundos de cambio hacia el socialismo. Basso sostenía que ello dependía no tanto de los factores objetivos, que estaban dados, sino de la existencia de un sujeto político con la voluntad de realizar las transformaciones necesarias. El tema crucial era el movimiento social y su expresión política. Además pensaba que dada la mundializació n en curso y la creciente distancia entre países desarrollados y países periféricos, era posible que los procesos revolucionarios tuvieran lugar principalmente en el Tercer Mundo, influido tal vez por las luchas que llevaron a la descolonizació n y los otros procesos a que hemos hecho mención en América Latina, Africa y Asia.



La llamada vía chilena al socialismo coincidía con algunas de las concepciones políticas centrales de Basso. El Presidente Salvador Allende había dicho que las ideas originales de Marx y Engels en favor de un camino electoral y no violento hacia el poder se estaban realizando en un país subdesarrollado como Chile y no en EE.UU, Inglaterra u Holanda como ellos habían imaginado. Sabido es que Marx sostenía que la maduración del capitalismo, la ampliación y organización de la clase obrera junto con la solidez de las instituciones democráticas con la extensión del sufragio universal, permitirían en esos países hipotizar una transformació n revolucionaria usando los mecanismos de la democracia llamada burguesa. Lo veía más difícil en Alemania o Italia por el mayor atraso de esas sociedades.



Engels incluso había llegado a sostener que el tiempo de la “revolución armada” había concluido, luego de la experiencia de la Comuna de París, debido a la mayor tecnificación y profesionalizació n de los ejércitos. El mismo Engels, sin embargo, en el prefacio a la edición inglesa de El Capital no excluía que frente al avance de las fuerzas socialistas en ese país, “la clase dominante inglesa se sometiera a tal revolución pacífica y legal sin una “proslavery rebellion”, es decir, sin desatar una resistencia violenta.



Pues bien, Allende tomando pie en esas afirmaciones, afirmaba que lo sostenido por los clásicos del socialismo científico se estaba realizando – contrariamente a lo que ellos habían imaginado – en un país atrasado como Chile, tal como la revolución rusa había sorprendido a la Internacional, y Lenín había tenido que elaborar la teoría del “eslabón más débil del capitalismo” como punto de ruptura del sistema para explicar por qué el fenómeno se había dado en un país donde el capitalismo no había alcanzado todavía un grado significativo de desarrollo. Consecuente con ello, Allende planteaba la idea de un “segundo camino al socialismo”, diferente del seguido hasta ese momento por las experiencias revolucionarias, especialmente la cubana en América Latina. No existe en sus discursos de esa época una reflexión mayor sobre las experiencias de la socialdemocracia en Europa, porque el foco de la atención estaba en la idea del “agotamiento del sistema capitalista” como esquema de desarrollo para América Latina y, en general, para el Tercer Mundo, y la consiguiente necesidad de ensayar nuevos derroteros políticos.



Este es un punto central: el agotamiento del capitalismo como esquema de desarrollo. Marx pensaba lo contrario, que la expansión del capitalismo en el mundo abría las puertas del progreso, aunque llevara consigo un grado importante de injusticia. La izquierda latinoamericana y chilena a partir de las reflexiones sobre el imperialismo y desarrollando la llamada "teoría de la dependencia" , sostenía que el camino al desarrollo suponía un cambio drástico de enfoque.



Cabe recordar que este debate estaba profundamente influido por las críticas a la "estrategia de desarrollo hacia adentro" que Chile, como muchos otros países de la región, seguía desde 1934, estrategia frustrada al no lograr consolidar una industrializació n dinámica basada en la sustitución de importaciones para abastecer al mercado interno impulsada como reacción a la Gran Depresión. El PIB por habitante creció en todos esos años sólo a un 2.1%. Entonces, se postulo no sólo el agotamiento de ese particular modelo de crecimiento, sino del sistema capitalista en cuanto tal. Estas posiciones no sólo eran compartidas por la izquierda, con algunas reticencias del Partido Comunista, sino también eran asumidas por importantes sectores de la Democracia Cristiana y, en general, del mundo cristiano latinoamericano sacudido por la toma de conciencia de las injusticias sociales y el incipiente surgimiento de la teología de la liberación.



Marx había señalado en un discurso en Ámsterdam en 1872 que cada país tenía su propio camino al socialismo según fueran sus tradiciones, instituciones y costumbres. Por eso Allende podía hablar con propiedad de una vía chilena al socialismo con sabor a empanadas y vino tinto. Incluso Lenín en "El Estado y la revolución" reconoce que así como las formas políticas del Estado en el capitalismo son muy diversas, también en la transición socialista habrá una multiplicidad de sistemas de gobierno. En rigor, la dictadura del proletariado no era concebida como un régimen político sino como una determinada organización social, aunque en los hechos ambos planos se confundieron y la ambigüedad del concepto ha servido para justificar el despotismo. Por eso Allende la excluía de su diseño político.



La originalidad de la experiencia chilena estaba, precisamente, en la utilización de métodos democráticos para avanzar hacia una superación del sistema, aunque fuera gradualmente, sin recurrir a la violencia y sin caer en lo que se consideraba el reformismo claudicante de la socialdemocracia. En eso consistía principalmente el segundo camino al socialismo, que en la concepción de Allende excluía la dictadura del proletariado como forma autoritaria de ejercer el poder. En una palabra, eran democráticos los métodos usados para lograr el poder y también para ejercerlo. Dicho en otros términos, se trataba de superar los límites de la democracia formal avanzando hacia una democracia real que sólo podía sustentarse en una economía socializada.



Sobre los aspectos institucionales y jurídicos de este proceso había pocos precedentes y las reflexiones de Marx sobre los mismos en el período de transición eran abiertamente insuficientes y la ciencia política moderna se había constituido al margen del marxismo. Como señala N. Bobbio, "a pesar que Marx se propuso escribir en sus primeros años una "crítica de la política" y que mostró interés por la teoría política al comentar algunos parágrafos sobre el Estado de la Filosofía del derecho de Hegel, no escribió ninguna obra dedicada expresamente al problema del Estado, tan es así que la teoría política marxista debe ser deducida de pasajes, generalmente breves, tomados de obras de economía, historia, política, literatura, etc" ( La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político). Este vacío encuentra su raíz en la concepción negativa del Estado de Marx al identificar su actuar con la dominación de la clase dirigente.



Hubo en el caso chileno una fuerte polémica entre el Partido Comunista y el Partido Socialista respecto a la naturaleza del proceso político encabezado por la UP. El primero aceptaba las ideas de Allende, pero excluía que el programa de su gobierno tuviera un carácter socialista. Lo concebía más bien como un programa antifeudal y antimperialista que prepararía el camino hacia posteriores cambios propiamente socialistas, con lo cual se acercaba en los hechos al reformismo socialdemócrata. Y por eso mismo mantenía la idea de la dictadura del proletariado; el Partido Socialista, en cambio, afirmaba con fuerza el carácter socialista del proceso chileno y buscaba definir rápidamente la cuestión del poder estatal para avanzar más decididamente hacia el socialismo siguiendo su consigna de “avanzar sin transar”. La visión comunista estaba más cercana a la posición de la URSS que apoyaba los cambios en Chile pero miraba con recelo que pudiera surgir una nueva forma de socialismo que pusiera en cuestión su propio sistema; también desconfiaba de la posibilidad que en el área de influencia norteamericana pudiera tener éxito un proceso revolucionario. En cambio la actitud del PS sintonizaba más con las ideas cubanas de extender la revolución por América Latina.



Basso no entró directamente en ese debate. Intentó mas bien comprender lo que estaba sucediendo en el país y dar sustento teórico a la experiencia allendista. Fue así como propuso un conjunto de ideas que en la práctica podían servir para polemizar con las fuerzas más izquierdistas que negaban la posibilidad de una revolución no violenta y que planteaban la necesidad de una ruptura tajando con el Estado burgués. Esos planteamientos encontraban eco en importantes sectores del PS y en el MIR, y había muchos teóricos marxistas que las sustentaban.



Basso fue crítico con quienes adherían ciegamente a la tesis de la conquista violenta del poder con miras a la posterior construcción del socialismo. Las raíces históricas – a su juicio – de esta posición no se encuentran tanto en Marx como en pensadores del Setecientos y el Ochocientos, como Babeuf, Morelly, O'Brien y Blanqui. Acusa a quienes sostienen esta tesis de hacer una lectura simplista de Marx, entre ellos a Paul Sweezy que entonces dirigía la Monthly Review.



Sostiene que la sociedad va generando en su propio seno, durante un largo y complejo proceso, los gérmenes del cambio. En palabras de Marx, “en los poros de la vieja sociedad se ha formado una sociedad nueva” de manera análoga a lo ocurrido con el surgimiento del capitalismo desde la sociedad feudal. La conquista del poder puede, entonces, ocurrir por vía democrática. Ello no excluía – según el propio Basso – que frente a una rebelión violenta de las fuerzas resistentes al cambio, se respondiera con la violencia. Pero en ese caso se trataría de una violencia doblemente legítima: no sólo por los propósitos que buscaba, sino también por ser una respuesta a la reacción de los adversarios que habrían quebrantado la legalidad.



Como afirma el propio Basso, Marx no confiaba tanto en una toma violenta del poder, como en “la maduración simultánea y conjunta, a través de un largo proceso de lucha de clases, tanto de las condiciones objetivas ( desarrollo y socialización de las fuerzas productivas y consiguiente transformació n de la estructura), como de las condiciones subjetivas ( formación y desarrollo de la conciencia de clase, capacidad democrática de autogobierno del proceso productivo por parte del proletariado, remoción progresiva de las relaciones de poder , etc.)”. El progreso tecnológico se convierte, de hecho, en un potente factor de cambio social. Por cierto no el único, pero con un papel no despreciable. Existe en el capitalismo una lógica contradictoria entre la socialización creciente de las fuerzas productivas, por una parte, y la lógica de la apropiación individual de la ganancia, por otra. Del entrecruzarse de ambas lógicas se deriva la flexibilidad del sistema y su capacidad para integrar las reformas sociales, que son a la vez el fruto de las luchas de los trabajadores y de las exigencias de progreso de la producción.



Basso atribuye gran importancia a la capacidad política de las fuerzas populares para intervenir en el proceso histórico y, con una visión revolucionaria, dar sentido a las reformas, para que la lógica de socialización se convierta poco a poco en el eje de cristalizació n de todos los elementos de la futura sociedad. Cita a Engels quien afirma que una vez comprendidas las leyes de funcionamiento del sistema, lo que falta es la voluntad para someterlas a los fines revolucionarios. En su visión se articula el carácter revolucionario de los fines con la gradualidad de las reformas. Basso se aleja del extremismo revolucionario y del reformismo.



Así coincide exactamente con la posición de Salvador Allende. Uno era el intelectual, otro el líder político; uno el estudioso del marxismo, el otro el hombre de grandes intuiciones y visiones de futuro. Se produce así un encuentro de hecho entre estos dos personajes, que se ubicaban políticamente a la izquierda de los Partidos Socialistas.



Para avalar su posición, Basso se refiere al papel que puede jugar el derecho en un proceso de cambio social rechazando de plano las interpretaciones simplistas que sólo ven en el derecho un instrumento de dominación. Sus reflexiones eran muy significativas para Chile justo cuando se experimentaba la vía legal al socialismo.



En primer lugar Basso hace referencia a la función ideológica del derecho burgués que intenta esconder el sustrato real de injusticia existente en la sociedad afirmando principios generales. Se trata de promesas incumplidas. Siendo el capitalismo una sociedad de la desigualdad y la explotación, debe sin embargo presentarse como una sociedad libre y de iguales. Marx había afirmado en El Capital que "en cuanto a la vida real, es justamente el "Estado político" el que, aun cuando no se halle todavía conscientemente impregnado de las exigencias socialistas, contiene en todas sus formas modernas, las exigencias de la razón. Y no se detiene allí. Presenta por doquier la razón como realizada. Cae por tanto siempre en la contradicción entre su finalidad ideal y sus presupuestos reales. De este conflicto del Estado político consigo mismo puede desarrollarse en todas partes la verdad social".



Efectivamente y en forma creciente, los principios jurídicos de valor universal se convierten en un motor para procurar grados mayores de justicia. Cada vez se acepta en menor medida el contraste abierto entre la norma jurídica y la realidad social. Así sucede, por ejemplo, con los derechos humanos y su consagración en el derecho internacional, que se han convertido en un verdadero código ético eficaz para poner atajo a los principales abusos del poder.



Sin advertir la futura ola neoconservadora y neoliberal, Basso afirma que una mayor intervención del Estado puede ser tanto un propósito de las fuerzas socialistas como una exigencia del buen funcionamiento del propio sistema capitalista. En los años 70 no se podía prever que el dinamismo de la globalización llevaría a un debilitamiento de los Estados y que las fuerzas neoliberales buscarían romper el equilibrio existente entre las esferas de lo público y lo privado en economía a favor del mercado libre de regulaciones y trabas. No serían las fuerzas socialistas las que cuestionarían ya el Estado de bienestar y sus logros sociales, sino las fuerzas conservadoras con la bandera del Estado mínimo. Y justamente Chile, como reacción al período de la UP, sería un experimento en ese sentido



Además con el avance político de las fuerzas socialistas, Basso firma que se produce un cambio cultural en el significado de muchas normas jurídicas, las cuales son revalorizadas saliendo del olvido o bien reinterpretadas a favor del proceso en curso. Es decir, las contradicciones existentes en el interior del sistema normativo reflejan y sirven el cambio en curso. En la UP se recurrió a leyes dictadas décadas atrás que facultaban al Gobierno para intervenir en la economía y la oposición criticó este actuar motejando al Gobierno de hacer uso de "resquicios legales".



Basso sostenía, influido por la experiencia italiana, la importancia que tenía en este proceso de transición la magistratura, órgano estatal encargado justamente de interpretar la ley y de aplicarla. En Chile la magistratura jugó un papel conservador, sirviendo de freno al accionar del Gobierno. Respecto al papel del Parlamento, Basso comprende la importancia que tiene para un Ejecutivo que promueve el cambio, el apoyo de la ciudadanía que influirá en el papel de los parlamentarios. Por tanto, la existencia de una mayoría parlamentaria adversa, no es un obstáculo insalvable.



No se le escapa a L. Basso, sin embargo, que el poder político condicionado de la Unidad Popular estaba lejos de significar la dirección efectiva de la sociedad. Hace referencia a casos europeos análogos, pero advierte en el Gobierno de Salvador Allende una voluntad política auténticamente socialista, que no busca una suerte de compromiso social con el capitalismo, como ocurre en las experiencias socialdemócratas que Basso criticaba. La suerte de la via chilena - a su juicio - dependía en gran medida de la capacidad de resistencia que podían tener las fuerzas conservadoras dentro y fuera de la legalidad, legítima o violentamente.



Basso no hace un análisis político de la situación chilena de los años 70, ni da consejos de cómo se debe actuar. Tampoco desarrolla sus ideas sobre el cuadro internacional existente. Se limita a entregar un conjunto de reflexiones de teoría política que sirven para legitimar la via chilena al socialismo en el cuadro cultural de la izquierda de la época, para lo cual recurre principalmente a su conocimiento del pensamiento de Marx.



Todos conocemos el trágico desenlace que tuvo la experiencia encabezada por Salvador Allende. No es esta la ocasión para evaluar su viabilidad histórica. El hecho es que las esperanzas de cambio social chocaron con la intervención militar y el establecimiento de una inhumana dictadura que transformó profundamente la sociedad. El país fue derivando progresivamente hacia una suerte de empate social y político que paralizó la economía y el aparato institucional. Hubo intentos de diálogo y búsqueda de una salida negociada que no fructificaron. El Presidente Allende intentó salvar la democracia hasta que las FF.AA. optaron por hacerse violentamente del poder y el General Augusto Pinochet lo ejerció sin contrapeso ni miramientos durante casi 17 años hasta que la ciudadanía en un plebiscito abrió las puertas a la democracia.



Lelio Basso luchó infatigablemente por defender los derechos humanos violados en Chile y en América Latina, donde se sucedían los regímenes militares. No sólo lo hizo con su voz autorizada, sino que organizando el Tribunal Russell que tuvo importantes y numerosas sesiones para recibir los testimonios de lo que sucedía en Chile. Fue éste un instrumento significativo de toma de conciencia , y sirvió también para hacer avanzar el derecho internacional de los derechos humanos.



Basso nos acompañó en el período de lucha y en nuestra derrota. Estuvo siempre a nuestro lado, sin llegar a ver el triunfo de la democracia sobre la dictadura. Por eso le debemos gratitud, y cuando falleció, los exiliados chilenos en Roma fuimos con nuestras banderas a tributarle nuestro sincero homenaje.



Desde entonces la historia se aceleró: cayeron los muros, terminó el apartheid, se profundizó la globalización con la difusión de las nuevas tecnologías, se agotó la experiencia comunista, el horizonte cultural se llenó con las teorías de la post-modernidad y el resurgimiento del fundamentalismo religioso, el terrorismo internacional cobró nuevos bríos y una nueva forma de sociedad comenzó a asomarse al escenario mundial: la sociedad del conocimiento. Las discusiones de la última mitad del siglo pasado perdieron relevancia. Una cosa, sin embargo, permanece de la figura de Lelio Basso, legítimo exponente de la izquierda de esos años: su lucidez intelectual y su solidez ética reflejadas en una visión universal de los problemas económicos, sociales y políticos y en la solidaridad con los movimientos de cambio a lo largo del mundo.



Quienes conocimos a Salvador Allende y a Lelio Basso no olvidaremos su ejemplo.

miércoles, marzo 05, 2008

"Verdades oficiales y el Derecho Internacional Humanitario" por Wilson de Los Reyes Aragón

Artículo del abogado Wilson De Los Reyes Aragón, 4 de marzo de 2008



"VERDADES OFICIALES Y EL DIH"

Más allá de las discusiones sobre la soberanía, la militarización de fronteras, las resoluciones del consejo de seguridad de la ONU o de si se trató de un combate o un bombardeo, de los hechos ocurridos el sábado pasado en la zona de frontera entre Ecuador y Colombia surge una que hasta el momento ha brillado por su ausencia en todos los comentarios, debates y noticias sobre el tema tanto a nivel nacional como internacional, y que tiene una importancia trascendental, cual es la aplicación del derecho internacional humanitario.



Entre las particularidades del DIH se encuentra la inaplicabilidad del principio de reciprocidad (art. 1 común), lo que equivale a que un Estado no puede escudar su incumplimiento de dichas normas porque otros Estados o actores armados no estén dispuestos a cumplirlo. Esto significa que en tanto que Colombia ha ratificado los Convenios de Ginebra (entraron en vigor en 1962) así como los Protocolos I y II adicionales a dichos Convenios (entraron en vigor en 1991 y 1996, respectivamente), tiene la obligación internacional (y constitucional según los arts. 93 y 214.1 de la Carta de 1991) de respetar el DIH aún cuando su cumplimiento no sea recíproco. Precisamente, el Ministerio de Defensa de Colombia adoptó recientemente una "Política de DDHH y DIH", la cual (según el propio Ministro de Defensa anunciara el 22 de enero pasado) contiene las "herramientas jurídicas y operacionales que les permitirán [a la fuerza pública] cumplir la misión con total apego a la Constitución y la Ley", así como garantizar una "política de cero tolerancia contra las violaciones a los DDHH e infracciones al DIH" (ver www.mindefensa.gov.co).



Es preciso, entonces, analizar la actuación de la Fuerza Pública en los hechos ocurridos el fin de semana pasado a la luz de los compromisos internacionales vinculantes para el Estado colombiano.



El comunicado de prensa emitido por el Ministerio de Defensa el 1 de marzo de 2008 indica que a las 00:25 de ese día se inició una operación militar "para atacar el lugar donde estaban ubicados los guerrilleros del frente 48" cuyo resultado fue de "17 guerrilleros abatidos" y que dos de esos 17 cadáveres fueron "trasladados a territorio colombiano" (ver www.mindefensa.gov.co y www.eltiempo.com del 01/03/08). Dejar a los demás muertos abandonados luego del combate vulnera la obligación de "buscar a los muertos, impedir que sean despojados y dar destino decoroso a sus restos" (art. 8 Protocolo II). La información indica que existió tiempo suficiente para recoger los cadáveres y trasladarlos a un sitio donde pudieran ser identificados. Sin embargo, ello no se hizo.



La televisión mostró que en el campamento se encontraban, además de los 17 abatidos, 3 guerrilleras que resultaron heridas en dichas operaciones (ver además www.eluniversal.com.mx y www.eltiempo.com del 02/03/2008). Ellas también fueron abandonadas desde el momento de la operación militar (00:25 horas) hasta muy entrada la tarde del sábado (19:15 horas) (ver www.elcomercio.com.ec del 03/03/08). Es decir, los heridos permanecieron sin asistencia médica para sus heridas por espacio de 19 horas. Al dejar a los heridos abandonados, a la espera de ser atendidos por un tercero, la operación militar colombiana contrarió la obligación humanitaria según la cual "los heridos y los enfermos serán recogidos y asistidos" (art. 3 común) y que "en toda circunstancia serán tratados humanamente y recibirán, en toda la medida de lo posible y en el plazo más breve, los cuidados médicos que exija su estado. No se hará entre ellos distinción alguna que no esté basada en criterios médicos" (art. 7 del Protocolo II). Si se acepta el testimonio de las heridas, en el sentido de que "los policías [colombianos] fueron sacados en helicóptero del lugar" (ver www.elcomercio.com.ec del 03/03/08), se comprueba que la fuerza pública colombiana tuvo suficiente tiempo para atender y evacuar a los heridos.



Este hecho plantea un interrogante adicional, puesto que si los heridos en combate eran guerrilleros (ver www.eltiempo.com del 02/03/08), no se encuentran razones para que la fuerza pública colombiana omitiera capturarlos y presentarlos a la autoridad judicial competente por la comisión del delito de rebelión (art. 467 Código Penal)



Sin embargo, lo realmente preocupante de todo lo anterior es que el alto mando militar, el ministro de defensa y el presidente de Colombia estuvieron informados en todo momento del desarrollo de las acciones en la noche entre el viernes y el sábado, al punto de que no durmieron por seguir las incidencias de la operación militar (ver www.eltiempo.com del 02/03/08) y que "lo que encontraron las tropas fue comunicado inmediatamente a Bogotá, donde se seguía al milímetro cada detalle" (ver www.eltiempo.com del 01/03/08).



Si el alto mando militar y el Gobierno colombiano están comprometidos con el respeto y aplicación del DIH y participaron de la planeación y ejecución de la operación del sábado anterior, ¿cómo se explica entonces que no se haya incluido dentro de dicho plan la "hoja de ruta" en materia de DIH recientemente presentada? Si uno de los propósitos confesos del Ministro de Defensa es integrar los DDHH y el DIH "a la actividad de cada soldado y cada policía" (ver www.mindefensa.gov.co), ¿cuáles son los motivos para que ellos no se aplicaran en las operaciones del sábado anterior? ¿Por qué la fuerza pública colombiana infringió el DIH a pesar de su compromiso manifiesto de respetar las obligaciones constitucionales e internacionales de Colombia?



Es indiscutible la legitimidad de luchar contra el terrorismo, pues como lo afirmó en 2001 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos "los Estados tienen el derecho y aún el deber de defenderse" contra el mismo. No obstante, también debe tenerse en cuenta que "la lucha contra el terrorismo debe realizarse con pleno respeto a la ley, a los derechos humanos y a las instituciones democráticas" (OEA, 2002), lo cual no es otra cosa que repetir el principio según el cual "el fin no justifica cualquier medio".



Como se observa, aún existe un gran tramo que separa el derecho formal de su aplicación en la realidad, puesto que si en una operación planeada y supervisada directamente por el alto gobierno y el alto mando militar se evidencian graves infracciones al derecho internacional humanitario, cómo puede el Estado asegurar que en las operaciones rutinarias y de menor trascendencia sí se cumple?



PS: Vale la pena preguntarse, ¿se habría actuado igual si Colombia no hubiese formulado reservas a la jurisdicción de la Corte Penal Internacional?



Cordialmente,


Wilson De los Reyes Aragón
Abogado
Master en Estudios Avanzados en Derechos Humanos
Doctorando en Derecho
Profesor de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario
Universidad del Norte - Barranquilla (Colombia)"