martes, diciembre 30, 2008

Discurso sobre la Dignidad del Hombre - 1486


El filósofo y pensador italiano Pico della Mirandola (Mirandola, Ferrara, 24 de febrero 1463 - Florencia, 17 de noviembre 1494) fue una de las figuras más importantes del movimiento renacentista italiano.

Comenzó su vida académica estudiando, como tantos jóvenes nobles destinados a la vida eclesiástica, derecho canónico en Bolonia.

En 1485, durante su estancia en París, leyó los trabajos de Averroes (1126-1198), el filósofo y teólogo asharí hispanoárabe que introdujo el pensamiento aristotélico en Occidente. Allí concibió la idea de unificar las tradiciones culturales supervivientes en aquella época. Al año siguiente, ya de regreso en Italia, con sólo veintitrés años, raptó en Arezzo a la esposa de Giuliano Moriotto de Médicis, un pariente pobre de los Médicis florentinos, por lo que fue perseguido, atacado y herido. Luego, hacia finales del año 1486 a los 24 años publicó en Roma sus Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae, conocidas como Las 900 tesis,que tenía previsto que fueran disputadas en Roma, para lo cual invitó a eruditos de toda Europa. Estaba dispuesto a defender 400 conclusiones de diversos autores: escolásticos, árabes, Platón, Aristóteles, neoplatónicos, pitagóricos, caldeos y 47 proposiciones cabalísticas, a las cuales añadió 500 propias ("secundum opinionem propiam") sobre todas las ramas del saber.
Se trata de novecientas proposiciones recogidas de las más diferentes fuentes culturales, tanto de filósofos y teólogos latinos como de los árabes, los peripatéticos y los platónicos. No excluyó tampoco a los pensadores esotéricos, como Hermes Trimegisto, ni a los libros hebreos. La obra iba precedida de una introducción, que tituló Discurso sobre la dignidad del hombre, texto que se ha convertido en clásico y donde Pico formula tres de los ideales del Renacimiento: el derecho inalienable a la discrepancia, el respeto por las diversidades culturales y religiosas y, finalmente, el derecho al crecimiento y enriquecimiento de la vida a partir de la diferencia.
Siete de ellas fueron condenadas por una comisión nombrada por el Papa Inocencio VIII, quien finalmente desautorizó la Disputa sobre las 900 tesis. La condena decía así: "las tesis son en parte heréticas, en parte tienen sabor de herejía; algunas escandalosas y ofensivas para los oídos piadosos; la mayoría renovadoras de los errores de los filósofos paganos...; otras encaminadas a fomentar las pertinacias de los hebreos; muchas, en fin, bajo un cierto color de filosofía natural, quieren favorecer las artes enemigas de la fe católica y del género humano".
Condenado como hereje, intenta evitar su detención, que finalmente se produce a cargo de León Felipe de Saboya, señor de Bresse, cerca de Lyon, y es trasladado al castillo de Vincennes, donde estuvo alojado a lo largo de un mes. Se pone en marcha una amplia operación diplomática en la que intervienen el embajador de Milán, la Sorbona, el Parlamento y la corte de Carlos VIII y por supuesto Lorenzo de Médicis. Pico es liberado y expulsado de Francia, contando con la benevolencia de los nuncios apostólicos que certifican su inocencia y buena fe. Cuando pensaba viajar a Alemania, el 30 de mayo de 1488, recibe una carta de Ficino quien, en nombre de Lorenzo de Medicis, le invita a residir en Florencia. Los últimos cinco años de su existencia son de retiro y apartamiento, de reflexión filosófica, en los que no faltaron acusaciones de que se dedicaba a la magia y la hechicería, cosa que tuvo que rebatir su amigo Girolamo Benivieni. El nuevo Papa, Alejandro VI, el "papa Borgia" le absuelve de herejía, aunque mantiene la condena sobre las Tesis y la Apología.
Muere, en circunstancias un tanto misteriosas, el 17 de noviembre de 1494, el mismo día en que Carlos VIII de Francia hacía su entrada en una Florencia agitada por el visionario Savonarola, después de expulsar a Piero de Medicis. Con su muerte, que fue precedida por las de sus amigos Lorenzo el Magnífico, Hermolao Barbaro y Poliziano, termina una época brillante y decisiva en la historia de la cultura.


"Nec certam sedem, nec propriam faciem, nec munus ullum pecualire tibi dedimus, o Adam, ut quam sedem, quam faciem, quae munera tute optaveris, ea, pro voto, pro tua sententia, habeas et possideas, Definita ceteris natura intra praescriptas a nobis leges coercetur. Tu, nullis angustiis coercitus, pro tuo arbitrio, in cuius manu te posui, tibi illam praefinies. Medium te mundi posui, ut circumspiecere inde commodius quicquid est in mundo. Nec te caelestem neque terrenum, neque mortalem neque immortalem fecimus, ut tui ipsius quasi arbitrarius honorariusque plastes et fictor, in quam malueris tute fornam effingas…"


“Yo no te he dado ni rostro, ni lugar que te sea propio, ni ningún don que te sea particular, oh Adán, a fin que tu rostro, tu lugar, y tus dones, tu los desees, los conquistes y los poseas por ti mismo. Naturaleza encerrada de otras especies en leyes por mí establecidas. Pero tú que no tienes límites, por tu propio arbitrio, en las manos del cual te he colocado, tú te defines a ti mismo. Yo te he colocado en el medio del mundo, a fin que tu puedas contemplar mejor aquello que éste contiene. Yo no te he hecho ni celeste ni terrestre, mortal o inmortal, a fin que por ti mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un escultor hábil, acabes tu propia forma...”

PICO DELLA MIRANDOLA, ORATIO DE HOMINI DIGNITATE

viernes, noviembre 07, 2008

En torno a una renuncia

"Let us resist the temptation to fall back on the same partisanship and
pettiness and immaturity that has poisoned our politics for so long."
Barack Hussein Obama, 44th Presidente of the US.


Compañeros y compañeras,

Es connatural al socialismo mostrar disconformidad con la realidad política y social. Tenemos cierta tendencia a ver la mitad vacía del vaso y a veces el pesimismo parece embargarnos. A partir de este análisis subjetivo podemos tomar dos actitudes una es defender las ideas y los proyectos al interior del grupo humano o institución -en este caso orgánica partidista- con el objeto de ganar el respaldo mayoritario de los compañeros y compañeras. Y otra opción también legítima es la de retirarse de la colectividad de la que se formaba parte y construir una alternativa distinta o integrarse a otra institución política.
El ex compañero Alejandro Navarro ha tomado la segunda opción luego de que sus posturas en el debate interno de nuestro partido no suscitaran el apoyo que él hubiera esperado. El problema de la legitimidad se presenta cuando un militante desempeña un cargo de representación popular no sólo como militante de un partido político sino también como miembro de una coalición. Ninguna persona en su calidad de representante electo puede arrogarse en forma meramente personal la votación por la cual fue electo. Más allá del deseo de los asesores legales de la dictadura y el sistema electoral que aun prevalece en Chile los ciudadanos en particular los concertacionistas deciden su voto por la militancia del candidato y los apoyos políticos que sustentan su candidatura. Lo quiera o no el senador Navarro su última decisión y varias de sus actitudes no sólo le perjudicarán a él al embarcarse en su aventura política sino que de paso ha dañado la imagen de nuestro de partido y ha sido un nuevo golpe al gobierno de nuestra presidenta. Habría que preguntarse entonces cuanto de ese respaldo ciudadano aun prevalece respecto del ex compañero Navarro en su circunscripción de la VIIIª región. Porque salvo situaciones extremas es de estimar que el debate político debe darse al interior de las instituciones y no fuera de ellas, atacadas en forma sistemática por los poderes fácticos conservadores que desconfían de la democracia y hacen lo posible por debilitarla dificultando cualquier avance social.
Nuestro partido ha sufrido a lo largo de sus 75 años de historia varias escisiones algunas de ellas muy atendibles como sucedió al respaldar la ley de defensa permanente de la democracia o respecto al gobierno de Ibañez. Sin embargo, es siempre necesario reflexionar y desarrollar una perspectiva histórica y de responsabilidad política. El PS es percibido actualmente -más allá de los números que muestran un cierto estancamiento electoral- como el partido eje de la coalición que da sustento político al gobierno de la presidenta Bachelet. Una Concertación que pese a sus variados errores ha sido reconocida nacional e internacionalmente como la más exitosa experiencia progresista en nuestro país desde el Frente Popular. Si no hubiera sido así el pueblo de Chile hace tiempo le habría retirado su confianza ratificada por las urnas una y otra vez desde 1989 hasta el pasado 26 de octubre. Sin duda, hay muchos desafíos pendientes institucionales y económicos que no son menores y que no pocas oportunidades en estos años han sido desperdiciadas. Pero lo que no podemos hacer hoy es seguir enfrascados en pequeñas querellas intestinas que tienen más elementos personales que políticos y que deterioran aun más la imagen de nuestro partido y del sistema democrático en su conjunto.
La última elección en que nuestra coalición sufrió su primera derrota electoral constituye un llamado de atención respecto a aquellos que se inclinan por los liderazgos mesiánicos, los proyectos personalistas, los que defienden pequeñas parcelas de poder y aquellos que privilegian intereses privados por sobre los intereses públicos llamados a cautelar. A aquellos que llegan a la política a servirse y no a servir y que hacen un flaco favor a nuestra democracia. Aquellos quitacolumnistas que actúan consciente o insconscientemente en favor de las fuerzas conservadoras que esperan desde 1990 recuperar el gobierno para desmantelar los avances alcanzados en estos años. Debemos terminar entonces con la discusión pequeña carente de perspectiva histórica y abordar los desafíos que se nos presentan como socialistas.
Hoy tenemos la oportunidad única de formular a la ciudadanía un programa de gobierno potente que tenga como eje central la elaboración de una nueva institucionalidad política formulada en una nueva carta fundamental que termine con las restricciones que hacen imposible cualquier modificación al modelo económico, que limita la participación ciudadana en la política y que adolece desde sus orígenes de ilegitimidad democrática. Debemos convocar a los cientos de miles de jóvenes que permanecen al margen del sistema político y que tal como lo ha demostrado la reciente elección en Estados Unidos pueden ser un importante factor de cambio. Muchos de ellos pese a no participar en las elecciones poseen opiniones políticas progresistas y su apoyo puede resultar fundamental para realizar las reformas políticas y económicas que debemos promover. Para ello nuestra coalición debe ser capaz de renovar sus liderazgos y abrir los espacios para que más jóvenes asuman responsabilidades al interior de nuestros partidos y en un futuro gobierno. Pero además nuestra coalición no podrá enfrentar los próximos desafíos electorales sin convocar a la gran mayoría del espectro político en particular de la izquierda extraparlamentaria con el fin de terminar de una vez con un sistema electoral excluyente que impide un debate político representativo de la diversidad política chilena y que ahoga poco a poco nuestra democracia imponiendo barreras a la participación como la obligatoriedad del voto que algunos aun defienden.
Finalmente, quisiera subrayar el importante grado de responsabilidad que recae sobre nuestro partido tanto en el éxito de la gestión de nuestra compañera presidenta como en la candidatura única que esperamos uno de los nuestros amerite y que sea capaz de encarnar las ansias insatisfechas de cambio y justicia social de las grandes mayorías que el partido de Salvador Allende está llamado a representar.

Fraternalmente,

Marcelo Salgado Núñez
Tribunal Nacional de Disciplina JS

jueves, noviembre 06, 2008

Sí, podemos: Reflexión ante los desafíos políticos del 2009.


A pocas horas de ser testigo del triunfo electoral de quién será el primer presidente afroamericano en la historia de los Estados Unidos no puedo dejar de reflexionar sobre el proceso electoral que culminó en el pasado martes 4 de noviembre.
Barack Hussein Obama fue electo como el 44º presidente de la unión americana luego de la campaña más costosa en la historia y posterior a una dura contienda electoral para ganar la convención del Partido Demócrata frente a la senadora por Nueva York Hillary Rodham Clinton. Muchos creímos en esos primeros momentos que era más fácil en Estados Unidos que una mujer llegara a la presidencia que un afroamericano conociendo la larga historia de discriminación hacia la minoría negra en Estados Unidos. Sin embargo, se sabía ya el alto grado de rechazo que tenía Hillary Clinton desde sus años como primera dama(1992-2000) y el publicitado fracaso político de su reforma a la salud durante el gobierno de su marido. Así se fue generando una imagen pública de mujer fría y calculadora aunque inteligente.
Pero los norteamericanos buscaban algo distinto. Luego de 8 años de una de las peores administraciones en la historia moderna de los Estados Unidos -cuyos alcances aun no conocemos a cabalidad- se fueron manifestando por un cambio en el esquema político dominado por dos o tres familias: Por los republicanos los Bush y por el demócrata los Clinton y los Kennedy. Al mismo tiempo los liberals fueron capaces de percibir que si querían derrotar a los republicanos necesitaban un candidato capaz de convocar a las mayorías suficientes para romper las barreras políticas, religiosas y sociales que dividen a la sociedad estadounidense. Probablemente la senadora Clinton habría sido incapaz de ello, al aproximarse demasiado a la imagen percibida en gran parte de Estados Unidos como un representante más de los liberales demócratas de la costa este que no han hecho nada más que dedicar una vida -en general acomodada- a la política transformándose en una especie de apparatchik. Esa es la imagen que proyectaba un candidato como John Kerry el 2004.
Desde hace algunos años se sabe que para ser presidente de los EE.UU. se necesita conquistar votos más allá de los estados tradicionalmente alineados con uno y otro partido. La senadora Clinton tengo la impresión era muy capaz de conquistar el voto tradicional demócratas y parte importante de la clase trabajadora blanca muy afectada por la crisis económica. Sin embargo, sólo con ese apoyo no se habría ganado a un candidato tan rupturista como Mc Cain quien ha actuado desde el Senado en forma muy independiente y bastante crítico de la gestión Bush. Si al mismo tiempo hubiera buscado como compañero de fórmula a alguien más preparado que la governadora Palin probablemente estaríamos ante un nuevo triunfo republicano.
Pero el sistema electoral norteamericano impone esta especie de maratón a los precandidatos de cada partido y la campaña de Obama fue particularmente efectiva y llena de creatividad. No se puede tampoco menospreciar sus características personales que le permitieron ganar un escaño en el Senado por un estado complejo como Illinois -diversidad racial, económica y la dicotomía urbano/rural- las que incluyen una poderosa retórica y aguda capacidad de análisis. Los demócratas fueron entonces capaces de percibir que sólo un candidato tan sui generis como el senador afroamericano dotado de un discurso catalogado como post-ideológico, convocante, unitario e idealista -con claras referencias a Martin Luther King Jr. y a John F. Kennedy- era el único candidato en competencia capaz de derrotar al candidato republicano y darle un giro a la política. Obama se apropió del término Cambio y le dotó del contenido progresista que ofrecía esperanza a las grandes mayorías de americanos y en particular a los jóvenes que en un 70% le entregaron su voto.
En Chile guardando las proporciones y considerando por supuesto las diferencias socio-culturales con los Estados Unidos no podemos pasar por alto estas lecciones. El 2009 no tendremos oportunidad de derrotar a la derecha si no se produce un proceso de renovación al interior de nuestros partidos. Si no somos capaces de alcanzar un programa común y una candidatura común de la Concertación que movilice a los chilenos tal como lo hizo Obama nos encaminamos a una derrota segura.
Debemos formular una campaña electoral capaz de abrir los espacios y renovar los liderazgos. Necesitamos reflexionar sobre los desafíos que enfrentamos hacia la construcción de un estado social y democrático de derecho en el marco de una nueva institucionalidad política y las reformas económicas que nos permitan avanzar a una fase de desarrollo. Junto con ello es necesario presentar una candidatura presidencial capaz no solo de derrotar al candidato-empresario, sino también de convocar a la juventud y a las grandes mayorías de chilenos -más allá de la Concertación- que desean un nuevo modelo de desarrollo. Es muy difícil que este cambio cada vez más imperioso sea representado por quienes ya han desempeñado la primera magistratura del país. Se requiere de nuevos rostros y equipos que debieran ser escogidos en la multiplicidad de talentos que existen dentro y fuera de los partidos progresistas.
No me cabe duda que en nuestras filas existen centenares de hombres y mujeres con vocación de servicio público efectivamente comprometidos con el proyecto de construir este nuevo Chile. Un país con mayores grados de justicia social, protección efectiva al medioambiente, respeto y promoción de los derechos fundamentales, educación de calidad a partir de lo público y mejores estándares de salud. Necesitamos un nuevo régimen político menos presidencialista y un sistema electoral más representativo de la diversidad política existente. Requerimos un New Deal, un nuevo pacto social entre estado, trabajadores y empresarios que permita adecuar el modelo de desarrollo a los nuevos desafíos económicos y en que los ingresos sean mejor distribuidos. Esto requiere necesariamente un estado más poderoso, capaz de responder a las demandas ascendentes en el plano de la seguridad social, una regulación más eficaz de los servicios, mayor inversión en investigación e innovación, carga fiscal progresiva y uso más eficiente de los recursos públicos. Junto con ello debemos promover la organización de los trabajadores y el respeto a sus derechos.
Si no somos capaces de comenzar a movilizar las voluntades de los ciudadanos y ciudadanas de nuestro país, en particular de los jóvenes, para modificar un sistema político cada vez más ajeno y desprestigiado y un modelo de desarrollo que nos conduce a una grave crisis social fruto de las escandalosas desigualdades. Si no podemos reavivar las fuerzas de progreso hoy por hoy adormecidas - no sólo para evitar la llegada de la derecha al ejecutivo por la vía democrática- tal vez habremos malgastado la oportunidad única para hacer de nuestro país un país más justo, próspero y libre para las nuevas generaciones.

jueves, julio 03, 2008

Homenaje en la UNAM a 100 años del nacimiento del líder socialista

Homenaje en la UNAM a 100 años del nacimiento del líder socialista
Salvador Allende, antítesis de los políticos actuales: Narro

■ Chile agradece acogida a exiliados tras el golpe militar de 1973

Mariana Norandi

El embajador de Chile, Germán Guerrero Pavez; el rector de la UNAM, José Narro, y el ex representante de ese país en México, Luis Maira Aguirre, en el homenaje al ex presidente Salvador Allende. En la imagen, el diplomático trasandino entrega una carta de agradecimiento de la presidenta Michelle Bachelet El embajador de Chile, Germán Guerrero Pavez; el rector de la UNAM, José Narro, y el ex representante de ese país en México, Luis Maira Aguirre, en el homenaje al ex presidente Salvador Allende. En la imagen, el diplomático trasandino entrega una carta de agradecimiento de la presidenta Michelle Bachelet Foto: Francisco Olvera

Ayer, al cumplirse 100 años del nacimiento del ex presidente chileno Salvador Allende Gossens, el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), José Narro Robles, recordó al líder socialista como gran hombre y ejemplar pensador, cuyo legado filosófico y político recobra hoy “absoluta vigencia” en un México donde existe “una desvalorizació n de la política, lo cual, por supuesto, no beneficia a nadie ni tiene utilidad alguna”.

En un acto conmemorativo, donde Chile agradeció a México y a la UNAM la acogida brindada a la comunidad exiliada tras el golpe militar al gobierno de Allende, en 1973, el rector dijo que era “oportuno” recordar algunas de las razones que el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez mencionaba a la hora de explicar el por qué se produce la desvalorizació n de la actividad política, para “no seguir cometiendo errores.

“Esta tiene que ver con las contradicciones que formulan los políticos entre los planteamientos y la realidad; con el desacuerdo a los principios que deben defender; con el interponer intereses particulares a los generales, con el frecuente doble lenguaje que aplican; con la corrupción y con la banalización de su actuación.

“Digo que es oportuno porque, precisamente, la antítesis de esos planteamientos es lo que distingue a Salvador Allende”. Señaló que en su gobierno, la política en Chile y en América Latina vivió un momento de esplendor, por lo que en la actualidad es “una obligación” recordarlo por su vida, su obra, su pensamiento y porque cultivaba muchas de las virtudes que tiene que exigírsele a un hombre público: honestidad, congruencia, solidaridad, lealtad, visión de Estado, compromiso con las necesidades de la mayoría, trabajo, generosidad y un elemento de “enorme valor: la dignidad”.

En el Antiguo Palacio de Medicina, el rector también expresó: “Fue un médico notable y destacado que entendía la labor médica como un proyecto con gran contenido social y a la política como medicina a gran escala”.

Aseguró que los enemigos de Allende “se equivocaron” porque con su desaparición provocaron su ingreso anticipado a la historia de los grandes hombres y que su pensamiento esté absolutamente vigente.

Rescató el discurso latinoamericanista de Allende, por lo que su pensamiento obliga a preguntarse si no sería mejor hoy, en tiempos de modernidad, medir los niveles de desarrollo de un país no sólo por su ingreso nacional o per cápita, sino según los grados de ejercicio de libertad, el respeto a los derechos humanos, la igualdad, la lucha contra la pobreza, por salud, alimentación, educación y vivienda.

“Por eso, mientras en América Latina persista la pobreza extrema que nos marca y nos da vergüenza, mientras la nuestra sea la región más desigual del planeta; mientras nuestros niños mueran prematuramente o nuestros adolescentes no tengan acceso a la educación, el pensamiento de Salvador Allende estará vigente”.

En el homenaje, el embajador de Chile en México, Germán Guerrero Pavez, agradeció al rector la solidaridad de México y la UNAM y le hizo entrega de una carta de la presidenta de su país, Michelle Bachelet, en la que agradece la acogida brindada a los chilenos que debieron abandonar su patria y exiliarse en “el hermano país.

“El exilio es uno de los castigos más severos a que puede ser sometido un ser humano, al verse privado de su familia, de sus seres queridos y de su suelo patrio. México, con la cálida acogida brindada a mis compatriotas, contribuyó a mitigar, en gran parte, el dolor que les produjo esta injusta situación.”

Por su parte, el embajador chileno expresó que llegó el momento de pagar la deuda con la UNAM y que con el reconocimiento de la figura histórica de Allende es también momento para dar las gracias a un país “que, en medio de un trance gris y amargo, nos dio una lección de vida”.
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martes, abril 08, 2008

Andrés Palma: Reflexión diez años después.

El 9 de abril de 1998 fue día jueves y correspondió a la Semana Santa en la celebración del calendario católico que se sigue en Chile. Ese Jueves Santo de 1998 la atención de Chile estaba centrada en la Sala de la Cámara de Diputados, en Valparaíso, donde se votaba la Acusación Constitucional al General Augusto Pinochet.

Fue un día tenso para todos los que sentíamos que algo pasaría en nuestras vidas y en las vidas de los chilenos según lo que allí aconteciera. Algunos inclusive teníamos la impresión que ese día sería un día histórico para nuestro país. Diez años después casi nadie lo recuerda.



Cuando decidimos acusar constitucionalmente a Pinochet, lo hicimos seguros que era un acto simbólico, pero sabedores que los actos simbólicos, como las liturgias, dan sentido a las cosas, y que las formas o el cómo son lo que da sentido a las vidas. Digo simbólico por dos razones. La primera era que la Acusación sería derrotada en el Senado en el que los partidarios incondicionales de Pinochet eran mayoría dada la presencia de los senadores designados y de la derecha. La segunda porque constituía la única oportunidad, sabedores de antemano del resultado final de dicho proceso, de someter a Pinochet a un proceso en el que se le juzgara políticamente de forma institucional por actores democráticos o representantes populares.

La preparación de la Acusación no fue fácil. Por una parte, desde el punto de vista formal, las limitantes legales obligaban a juzgarlo por su desempeño desde el 11 de marzo de 1990, lo que excluía un juicio por su dictadura y sus violaciones a los derechos humanos y a la institucionalidad. Por otra parte, desde el Gobierno y desde la conducción de la Democracia Cristiana se cuestionaba tanto el derecho de los Diputados a presentar la Acusación como la legitimidad política de la misma. Sin embargo hubo muchas personas, incluidas importantes autoridades en materia constitucional, que colaboraron en la preparación jurídica de la presentación, en tanto que el debate en la Democracia Cristiana se zanjó con una resolución del Consejo Nacional que estableció que los Diputados tenían libertad para una presentación de este tipo, derrotando la posición del Gobierno y de la Directiva.

Todas las dificultades se superaron con la decisión de avanzar en un acto que consideramos digno. Éramos representantes de la ciudadanía y teníamos derecho, y creíamos que fundamentos legales y políticos, a someter a Pinochet a un juicio político o constitucional. Era nuestra responsabilidad que no fuera la historia la que juzgara a quien había mancillado de forma tan grave nuestra historia, sino los representantes de la ciudadanía. Sentimos que en juego estaba la dignidad de los representantes ciudadanos.

Por cierto el resultado no fue el que esperábamos. Los representantes de la ciudadanía rechazaron la Acusación constituyendo una mayoría que me resulta inexplicable aún hoy, y más hoy después de tantas verdades que se supieron con posterioridad.



Después vino otra historia, y lo que esperábamos fuera un acto trascendental, quedó en el olvido de los medios, pero no de las personas. En las personas quedó grabado con distintos sabores, para unos fue una fiesta, para otros una pena, para Manuel Bustos fue una traición de algunos. Tal vez un día los medios recuperen este gesto de dignidad, el único que representantes democráticos emprendieron para realizar un juicio político sobre el General Pinochet, y se escriba algo de la historia de las personas en relación a ese día. Pero la historia oficial fue por otros rumbos.

Yo tengo una interpretació n de esa otra historia. Por una parte no convenía que los gestos de dignidad se multiplicaran, pero por otra, la soberbia derrotó a Pinochet. Si los representantes democráticos, incluidos algunos a los que él mismo había afectado con sus comportamientos, le liberaban de responsabilidades políticas e institucionales por su desempeño en esos años, entonces era que por fin se le comprendía, era libre y podía hacer lo que le placiera. Por eso viajó a Londres a buscar un dinero mal habido y quiso ir de visita a Paris… lo que siguió quedó en la historia del fin del siglo.



Los Jueves Santo del calendario católico tienen un contenido ambiguo. Por una parte se celebra la institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía, que a los creyentes nos mantiene en la Vida; y por otra se conmemora la transfiguració n de Jesús en el monte y luego su detención y traición por quienes más Él quería.

El 9 de abril de 1998 fue, para muchos, una verdadera liturgia de Jueves Santo.



El señor PALMA (don Andrés).- Señor Presidente, creo que éste es un día del cual todos nos vamos a felicitar. No es raro que se hayan vertido expresiones tan contradictorias. El Diputado señor Espina defendiendo al ex Presidente Aylwin y al Presidente Frei; ojalá lo haga con el proyecto de ley de plebiscito. El Diputado Ignacio Walker contradiciéndose con sus camaradas acusadores. Mucha aclamación; gente en las tribunas, que tiene en el pecho el rostro de sus familiares desaparecidos, y otros, el rostro del que los hizo desaparecer.



-Manifestaciones en la Sala y en las tribunas.



El señor PALMA (don Andrés).- Éste es el Chile de hoy, el Chile que estamos viviendo y que hemos construido entre todos. Es el Chile de la transición, que empieza a vivir, aunque algunos se sorprendan y no lo crean, una cierta normalidad democrática. Y la empieza a vivir, entre otras razones, y no es menor, porque Pinochet, aunque esté en el Senado en un cargo vitalicio, ha dejado de tener poder real sobre esta sociedad. Y eso, a todos -a los de allá, a los de acá y a los de las tribunas- nos hace más libres.

No hay dos Pinochet, como dijo Ignacio Walker. Hay uno solo. Lo nombró el Presidente Allende, y lo traicionó; lo dejó
Carlos Prats en su cargo, como hombre de confianza, pero lo mandó a asesinar, y constituyó una Junta de Gobierno, invitado por Merino y por Leigh, y todos sabemos lo que pasó después. Ninguno de estos hechos los podemos juzgar; tampoco es posible reflexionar sobre los mismos, porque estamos impedidos por una ley que nos dejó Pinochet.

Después, este mismo Pinochet -querida Diputada Pía Guzmán- no se fue porque renunció, sino porque perdió un plebiscito en el cual se impuso como candidato. Tampoco dejó la comandancia en jefe el 10 de marzo por estimar que había cumplido una etapa; la dejó porque la Constitución lo mandaba. Es decir, nunca tuvo un acto de renunciamiento, un acto voluntario ni de reencuentro. Este señor ha sido un actor fundamental en nuestro proceso de transición. De eso, no cabe ninguna duda.

En esta Sala se ha hablado del “ejercicio de enlace”, del “boinazo”, del encarcelamiento del asesino Contreras y de la ofensa a los alemanes. Incluso la Derecha nos ha dicho que fueron actos imprudentes, anormales, irregulares e inconvenientes, pero dentro del marco reglamentario. ¿Cuál es la realidad de todo esto? El Diputado señor Alberto Espina se pregunta: ¿dónde está la responsabilidad de las autoridades? Las autoridades que gobernaron el país no quedaron en silencio ante estos hechos. Primero, forzaron un cambio de actitud en el Ejército, por lo cual terminaron el “boinazo” y el “ejercicio de enlace”; obligaron a que cumplieran con la ley, y por eso Contreras está en Punta Peuco; exigieron disculpas para los alemanes, y las relaciones con Alemania no se deterioraron. Por lo demás, así quedó claramente establecido en las versiones de las sesiones de la Comisión Acusadora. Entonces, si los hechos se resolvieron, fue por la acción del Gobierno, por Aylwin, por Frei, por Krauss, por Rojas, por Pérez y por Correa, y no por Pinochet, sino pese a Pinochet, porque él provocaba los hechos y generaba las amenazas no sólo por temas institucionales. ¡Qué vergüenza!

Me avergüenza que los diputados de Derecha defiendan a Pinochet por los “pinocheques”. Si lo defendieran por la obra de la cual participaron, muy bien; los comprendería. El “ejercicio de enlace” y el “boinazo” -lo señalaron Aylwin, Correa, Pérez, Rojas y Krauss- fueron por los “pinocheques”. Por los intereses particulares de su hijo, se hace un “ejercicio de enlace” y se acuartela al Ejército en grado uno. Así lo confirman los recortes de prensa que ha mostrado la Diputada señora Pollarolo. Se realizan no por un motivo de interés nacional, no por el país ni por el Ejército, sino
-cito al Diputado señor Ignacio Walker que decía que no hubo violación explícita y formal de la legalidad, los resquicios legales por los cuales, según él, dio el golpe de Estado- ¡por su hijo!, ¡por los robos de su hijo! Y eso es una vergüenza. Todos los que estamos en esta Sala debiéramos reconocerlo.

Pero hay hechos mucho más graves que ésos. Aquí se podrá decir qué es una palabra para el honor de una Nación. Bien citó
Ignacio Walker la intervención del subsecretario Mariano Fernández; pero bajo esa premisa, querido Diputado Ignacio, nunca nadie podría afectar la honra de Chile, porque la honra de esta Nación es muy grande y Pinochet es pequeño para ella. Pero sí se ve afectada, porque todos nosotros, y estoy seguro de que también Julio Dittborn, Juan Antonio Coloma, Baldo Prokurica, Carlos Ignacio Kuschel, cuando un general de Ejército o el comandante en jefe del Ejército dice, con sorna, como quedó acreditado: “Es que los enterrábamos de a dos por economía”.



El señor MARTÍNEZ, don Gutenberg (Presidente).- Resta un minuto a su Señoría.



El señor PALMA (don Andrés).- Cuando se habla de los derechos humanos consagrados en el artículo 5º de la Constitución, ¿qué son? Si decimos que aquí no ha pasado nada, que todos estos dichos son intrascendentes, estamos afectando el honor y la moral de nuestro país.

En otro contexto, una vez cité en esta Sala al filósofo chileno Eduardo Devés. Él dijo hace un tiempo: “Y espero que una vez que el dictador ya no esté no nos dediquemos a ocultarlo, a decir que no existió, que aquí no ha pasado nada y que todo comienza de nuevo. No, lo primero -y yo me voy a comprometer a ello- es levantarle una estatua en un lugar importante, para que no se nos olvide ni nos dé por sepultarlo en el fondo de nuestras conciencias, como algo que pasó sin dejar huellas, como algo casual y sin importancia.

“Levantadle una estatua colectiva a la que contribuyan diversos escultores,...



El señor MARTÍNEZ, don Gutenberg (Presidente).- Señor diputado, se ha cumplido su tiempo.



El señor PALMA (don Andrés).- ...de los que estuvieron contra él, de los que fueron más o menos indiferentes,...



-Hablan varios señores diputados a la vez.



El señor MARTÍNEZ, don Gutenberg (Presidente).- Señor diputado, ha terminado su tiempo.



El señor PALMA (don Andrés).- Termino, señor Presidente -los demás podrán leer este artículo-, con una sola frase: por esta sesión, mañana todos nosotros seremos más libres.

He dicho.



-Aplausos y manifestaciones en las tribunas.

sábado, marzo 22, 2008

CARTA A LOS MIEMBROS DEL XXVIII CONGRESO DEL PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE (por José Miguel Insulza)

CARTA A LOS MIEMBROS DEL XXVIII CONGRESO DEL PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE.


Queridas compañeras y compañeros:

Desde que ingresé al Partido Socialista de Chile, hace ya veintitrés años, siempre he intentado estar presente en los encuentros partidarios. Por lo mismo me habría gustado mucho participar en este Congreso, que se realiza en un momento muy crucial para el país, el gobierno, la Concertación y también para los socialistas. Desgraciadamente, mis actuales responsabilidades internacionales me crean problemas de agenda que me hacen imposible asistir, como era mi propósito original. Envío a todas las delegadas y delegados, representantes de la base militante, mi saludo fraternal y mis mejores deseos de éxito en este importante evento.

El Congreso del Partido es un instante de encuentro, de reflexión y de unidad para decidir acerca de las grandes líneas de acción de nuestra organización para el futuro. Ojala este evento tenga la proyección que hoy se requiere, privilegiando la reflexión sobre la pasión y los asuntos programáticos sobre la lucha interna. Nadie debería restarse a este esfuerzo que el Partido debe hacer respecto de las profundas transformaciones que ha experimentado el país en estos últimos 18 años, en donde hemos jugado un rol protagónico, así como a los enormes desafíos que enfrentamos hacia el futuro.

Pertenezco, de manera inequívoca, a los que están orgullosos de los logros que hemos alcanzado en estos años. En 2010, nuestro país cumplirá doscientos años de vida independiente. De esos dos siglos, las dos últimas décadas habrán estado marcadas por cuatro gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia. Somos la coalición gobernante de más larga vida en la historia del país y hemos cambiado sustantivamente esa historia. Partimos de una dictadura oprobiosa y represiva y hemos creado una democracia progresista y participativa. Hemos triplicado el ingreso per cápita, con notables avances en el terreno social que nos han permitido reducir la pobreza a menos de un tercio desde 1990, mejorar todos y cada uno de los indicadores sociales y avanzar en un sistema integral de protección social con adelantos enormes en la cobertura de salud, educación y vivienda. Veinte años de Concertación han significado la construcción de más infraestructura que en ningún periodo anterior en nuestra historia. Hemos ampliado sustantivamente los espacios para la libre creación cultural y democratizado la gestión municipal y regional. Hemos dictado finalmente una ley de divorcio y hemos abolido la pena de muerte, dos atrasos culturales que pesaban sobre nuestra democracia por décadas.

Todas estas transformaciones y muchas más, que Uds. conocen perfectamente porque las han vivido y protagonizado, han sido principalmente el resultado de nuestra política de Concertación democrática. Hemos tenido la capacidad de construir una coalición estable que, por sobre todo, representa a la mayoría del país. Lo que hemos hecho ha sido producto de nuestros acuerdos y de nuestra unidad. Gracias a ella el país recuperó su democracia mediante una ejemplar movilización ciudadana que logró derrotar los afanes continuistas de una dictadura. Hemos protagonizado una transición ejemplar, reconquistando las libertades políticas y civiles. Las instituciones democráticas funcionan y se robustecen La estabilidad política y la paz social son los signos distintivos de nuestro país en estos años. Y pese a que aún nos queda un importante camino por recorrer, somos uno de los países en la región que registra los mayores niveles de verdad, justicia y reparación en materia de violaciones a los derechos humanos.

No todos son logros o éxitos. Como todo proceso político, económico y social, la experiencia de 18 años de gobiernos de la Concertación, en sus cuatro administraciones, sabe también de insuficiencias, errores y fracasos. Por ello, de la misma manera que podemos reclamar con toda justicia el crédito por los éxitos, debemos asumir con rigor y espíritu autocrítico nuestros errores y límites, que debemos corregir con un ánimo constructivo y de rectificación.

El balance de nuestras obras es, sin embargo, enormemente positivo y ello es lo que nos anima a postularnos, como coalición, a seguir dirigiendo el país. Porque si uno no valora lo que ha hecho, difícilmente puede prometer mejorarlo o transformarlo.

Nadie tiene más legitimidad que nosotros para dirigir nuestro país porque hemos sido principales en la construcción de nuestra realidad actual y porque nadie está más calificado que nosotros para corregir los errores, poner orden allí donde éste se ha perdido y continuar con la construcción de aquello que comenzamos desde la ruina moral que nos dejó una dictadura. Por eso podemos prometer a Chile más futuro, en una nueva etapa de más prosperidad y más justicia social.

Hemos transformado a Chile y es precisamente eso lo que hoy nos obliga a mucho más. No podemos quedarnos en la contemplación de lo alcanzado. La Concertación nació para cambiar a Chile y no puede convertirse en una fuerza conservadora, que solo mira a su pasado. Al concluir el segundo siglo de la historia de Chile independiente, debemos aspirar a iniciar el tercero con ideas nuevas, con nuevos acuerdos políticos que reflejen la realidad del país hoy.

El primer Congreso en los albores del siglo 21, cuando el gobierno presidido por Michelle Bachelet inicia la segunda mitad de su mandato y la oposición se plantea como único objetivo “el desalojo”, enfrenta a los socialistas y a la alianza de centro izquierda que ha guiado los destinos del país en estos años a nuevos e inéditos desafíos. Chile ha cambiado muy profundamente en un mundo caracterizado por la velocidad del cambio en el marco de la globalización y debemos reconocer que no sólo los socialistas sino el conjunto de las fuerzas políticas, tenemos crecientes dificultades para interpretar el sentido de estos cambios y las nuevas demandas ciudadanas que surgen en este nuevo escenario.

Nuestro país representa el típico caso de un crecimiento económico acelerado, en donde hemos logrado notables éxitos para reducir la pobreza y prácticamente erradicar la miseria, pero no hemos logrado reducir sustancialmente la brecha en materia de distribución del ingreso e igualdad de oportunidades. Tenemos menos pobres pero la brecha entre pobres y ricos es mayor que en el pasado. A pesar de que hemos desarrollado un claro y sostenido esfuerzo para asegurar un crecimiento con equidad, no hemos logrado llegar a la meta y estamos aun lejos de ella.

Chile debe y puede ser un país mucho más igualitario y equitativo. Hoy estamos en condiciones de atender las demandas de mayor justicia y equidad que provienen de la sociedad y están en la base del creciente malestar social que se expresa en nuestro país, en América Latina y el mundo.

La desigualdad sigue siendo una característica de nuestro país que nos avergüenza; se ve en las cargas tributarias, que lejos de mejorar la distribución del ingreso, mantienen el beneficio desproporcionado de unos pocos; se ve en las diferencias de calidad en la educación, con colegios pagados de altísima calidad frente a una educación pública y subvencionada en crisis; se ve en la ausencia de negociaciones colectivas reales para los trabajadores, que hacen que en definitiva sea el empleador el que fija las condiciones laborales y que el salario real crezca menos que la economía.

Ha llegado la hora en que asumamos resueltamente el desafío de introducir correcciones de fondo al modelo de desarrollo, que permitan elevar la productividad de las pequeñas y medianas empresas, los micro empresarios y los trabajadores por cuenta propia. Eso refiere a una reforma integral de la educación pública y privada, incluyendo el sistema educacional en todos sus niveles y la educación superior y el desarrollo de capacidad de innovación tecnológica y científica, en la cual el país invierte aún poquísimos recursos.

En el plano productivo no debemos vacilar en estimular el crecimiento. Si queremos recuperar nuestra competitividad en el plano internacional, no debemos tener temor a fomentar abiertamente áreas productivas y de servicios en que podemos desarrollar ventajas.

Pero no debemos engañarnos: estamos insertos en una economía global, en un modo de producción que tiende a premiar a los poseedores del capital y del conocimiento y deja atrás a los que carecen de esos atributos. Las transformaciones efectivas en la economía y la educación pueden aumentar el acceso a muchos, pero no eliminarán por si solas las desigualdades. Se requiere también para ello un estado vigoroso, que compense las desigualdades que genera la economía de mercado, mediante políticas públicas dirigidas a una efectiva distribución de la riqueza e igualdad de oportunidades.

Por eso, también el Estado requiere de reformas integrales y de fondo para responder a las nuevas demandas y necesidades en esta nueva realidad de nuestro desarrollo. Nuestra inserción en el mundo global y nuestra economía de mercado pueden generar más riqueza; hacer que ello redunde en beneficio de todos, es tarea de la política.

Debemos introducir reformas tributarias que modifiquen la distribución de la carga en favor de los sectores medios y bajos de nuestra sociedad y graven más a los más ricos. No se trata de hacer crecer innecesariamente el aparato estatal, ni de caer en populismos, pero no podemos seguir manteniendo las carencias e insuficiencias que aún arrastramos en terrenos tan sensibles como educación, salud, vivienda, obras públicas o transportes, además de la administración de algunas de las empresas públicas. De lo que se trata es de una verdadera reforma del Estado que permita adecuar el aparato público a los requerimientos del siglo 21 y que se corresponda con- nuestro desarrollo y con las nuevas demandas ciudadanas.

Pero este Estado para el cual reivindicamos una nueva centralidad debe a la vez dar garantías democráticas de transparencia y rendición de cuentas a todos los ciudadanos. Hemos recorrido un camino en este aspecto en estos años y existen aun reformas pendientes para hacer aún más transparente y profesional nuestra administración pública.

Centrales en esta indispensable reingeniería estatal son las reformas políticas que permitan profundizar y perfeccionar nuestra democracia. Fundamentalmente debemos preocuparnos de ampliar los niveles de participación ciudadana y de corregir nuestro sistema electoral para permitir la incorporación de las minorías significativas e incorporar a los jóvenes, aprobando la inscripción electoral automática que es un derecho constitucional de todo ciudadano.

También debemos preocuparnos de identificar vías que permitan un mayor equilibrio geográfico y social, generando mayor poder y autonomía para las regiones. Chile no puede seguir concentrado en algunas áreas urbanas, en que la calidad de vida tenderá necesariamente a decaer. Muchos de nuestros problemas tendrán mejor solución a través de una política efectivamente regionalista, que implique una efectiva de poder, autonomía y recursos a nuestras regiones.

Queridas compañeras y compañeros:

Los socialistas podemos estar legítimamente orgullosos del rol que hemos jugado en estos años. Somos la única fuerza de izquierda en la región que tuvo primero un rol protagónico para derrotar una dictadura y recuperar la democracia y que luego se incorporó como fuerza de gobierno en la transición; la fuerza de izquierda que ha gobernado democráticamente a lo largo de 18 años y que ha logrado elegir a dos de sus militantes como presidentes de Chile, demostrando responsabilidad y capacidad para asumir las tareas de gobierno.

Somos el Partido de Allende, que vivió durísimos años de represión e ilegalidad; que llevó a cabo un proceso de renovación política y que resurgió para cambiar a Chile. Somos el Partido que venciendo viejos fantasmas y mitos del pasado, impulsó y logró el reencuentro con sectores democráticos y progresistas de los que antes había sido adversario. Somos los fundadores de la Concertación de Partidos por la Democracia. Estuvimos entre los vencedores del plebiscito del 5 de Octubre de 1988 y hemos contribuido fundamentalmente a la gobernabilidad de Chile durante los últimos 18 años.

Por eso, en esta hora difícil, cuando hemos perdido la mayoría en el Congreso y se han producido divisiones y abandonos en la Concertación, es preciso reforzar nuestra alianza, que en la conducción del país. Como en otras horas de crisis, el Partido Socialista debe dar un paso al frente. Porque sabemos de divisiones y hemos conocido las derrotas a las cuales esas divisiones conducen. Porque estamos convencidos de que representamos como coalición a la mayoría del país; es el momento de deponer pequeñeces y afanes individuales de figuración. Debemos ponernos de acuerdo entre nosotros, para poner de acuerdo y unir de nuevo a la Concertación. Eso es lo que la mayoría de los chilenos esperan de nosotros y de este Congreso.

Queridas compañeras y compañeros:

Soy sólo uno más de Uds. y no daré lecciones desde lejos a este Congreso, máxima autoridad del Partido, cuando se apresta a construir una propuesta programática. Mi mensaje es únicamente una apelación para valorar todo lo avanzado en dos décadas de Concertación, asumiendo errores, insuficiencias y nuevos desafíos para proponer un proyecto de futuro que permita revitalizar nuestra coalición y dar verdadero sentido colectivo a nuestra acción política.

Yo no comparto las críticas interesadas o mal intencionadas en contra de la política y los partidos. Por el contrario, creo que ellos constituyen una de las fortalezas de la experiencia chilena y estoy convencido que han jugado un rol muy relevante y destacado para alcanzar los éxitos que despiertan la admiración y reconocimiento internacional. Si hay un "milagro chileno" que todo el mundo admira, es el milagro de la política, el de nuestra capacidad para forjar acuerdos y actuar desde lo público para cambiar a Chile.

Creo que, por momentos algo del estilo neoliberal que decimos combatir tiende a infiltrarse en la actividad política para privilegiar los intereses personales por sobre los intereses colectivos. No es mediante la crítica autodestructiva o cargada de intenciones como podemos construir propuestas de futuro. Debemos mirar con atención y detenimiento lo que ha sucedido en el país en estos años y la manera como los profundos cambios que hemos contribuido a impulsar han impactado la conciencia de los ciudadanos. Y sobre todo debemos estar abiertos a escuchar las nuevas demandas de los chilenos. Ello implica un esfuerzo democrático de diálogo y deliberación colectiva. Es un asunto político, no técnico sino político, que como tal compromete al conjunto del partido.

No son los liderazgos mesiánicos, ni menos los populismos de uno u otro signo, los que nos pueden señalar los caminos del futuro. Chile no se reinventa cada cuatro o seis años. Tal como ayer y a lo largo de nuestra historia, el país enfrenta una disyuntiva de cara al futuro. O avanzamos hacia una democracia integral que compatibilice crecimiento económico, sustentabilidad ambiental y equidad social, que equilibre el desarrollo económico con el social y cultural, que armonice el rol del Estado y el mercado, que asuma que la globalización es una realidad pero mantenga a la vez una identidad nacional, o enfrentaremos una derrota a manos de las fuerzas conservadoras que aún no logran saldar plenamente sus cuentas pendientes con la democracia en nuestro país.

El gran riesgo es que, igual que ellos, nos enfrasquemos en querellas y competencias de poder o negocios y perdamos de vista el interés de Chile. En otras palabras, que nos volvamos conservadores. Las deserciones que en meses recientes han dejado a la Concertación en minoría en el Congreso, son producto de la incapacidad de forjar y perseguir nuevamente ideales colectivos y de la reducción de la política al individualismo y el vedettismo a los cuales, desafortunadamente, algunos de nuestros propios camaradas no son inmunes.

Los socialistas tenemos una gran responsabilidad como integrantes de la alianza de centro izquierda más sólida que haya conocido la historia de nuestro país y que aspira a proyectarse al futuro. Pero al mismo tiempo podemos estar optimistas porque enfrentamos este momento con grandes fortalezas. A diferencia de otros momentos de nuestra historia partidaria, compartimos consensos esenciales para asumir a la democracia como el espacio y límite de la acción política. Mantenemos intactas nuestras convicciones y compromisos con los más débiles y desposeídos de nuestra sociedad. Queremos avanzar en la construcción de un Estado democrático y social de derechos que abra paso a una sociedad más justa e igualitaria. Estamos por la integración latinoamericana, el multilateralismo y un nuevo orden mundial que regule el proceso de globalización.

No somos un partido monolítico ni verticalista. Apreciamos y valoramos las diferencias de opinión que forman parte de la diversidad dentro de una identidad común. Somos una fuerza responsable de gobierno que se propone hacer nuevos y significativos aportes a los proyectos del futuro e impulsar una nueva etapa de prosperidad y justicia social junto a nuestros aliados de la Concertación.

En este Congreso tenemos la oportunidad para deliberar y reflexionar en común en torno a estos nuevos desafíos, que fortalezcan nuestra unidad, el gobierno de Michelle Bachelet y la propia coalición de centro izquierda que, en nuestra opinión, es el único sector político, avalado por el pasado reciente, capaz de asumir estos nuevos desafíos.

Permítanme, compañeras y compañeros, una última palabra sobre un aspecto de la contingencia al cual que estimo indispensable referirme:

He venido diciendo desde hace varios meses que considero prematuro buscar resolver el tema presidencial en Chile cuando el Gobierno de la Presidenta Bachelet está recién cumpliendo la mitad de su gestión y todavía debemos enfrentar el desafío de obtener una mayoría en las próximas elecciones municipales. En este período y con las dificultades existentes, además de los duros ataques a los que una oposición agresiva somete al gobierno, toda la Concertación, y los socialistas primero que nadie, debemos cerrar filas junto a la Presidenta para asegurar el pleno éxito de su programa. Ese éxito es también esencial para permitirle a la Concertación obtener una mayoría en las próximas elecciones municipales y optar a un nuevo mandato popular en 2009.

Espero que este Congreso discuta opciones de futuro e incluso establezca métodos para enfrentar las próximas decisiones en el terreno electoral. Pero espero también que estas materias no se transformen en temas de división y que sigamos trabajando unidos para este gobierno y para las próximas municipales. Creo que el momento de las definiciones y decisiones sobre las próximas elecciones presidenciales sólo arribará para la Concertación después de la elección de Octubre. Debemos definir un camino hacia allá, pero hoy sobre todo debemos trabajar para hacer que una nueva victoria de la Concertación en 2009 sea posible. Ello significa priorizar nuestro trabajo por el gobierno de la Presidenta Bachelet y por nuestra victoria electoral en los comicios municipales. Siempre he acompañado a mis compañeros y compañeras en estas campañas y Uds. saben que lo haré, en la forma y tiempo que sea compatible con las tareas que actualmente desempeño.

He dicho que estoy disponible para las definiciones que el Partido Socialista y la Concertación resuelvan. Lamento que una situación muy grave para nuestra América Latina me impida asistir a vuestras deliberaciones. Fui elegido para ocupar este cargo con el apoyo de mi país y debo cumplir a cabalidad con la tarea que he asumido. Pero Uds. saben que para mí, mi país, mi Partido y el proyecto que juntos hemos construido estarán siempre primero.

Por eso no me he resistido a enviar este saludo y algunas reflexiones que nacen de mirar a Chile desde la distancia pero con la misma emoción de siempre.

Reciban compañeras y compañeros el testimonio de mi cariño y compromiso y mis mayores deseos de éxito para este Congreso.




José Miguel Insulza
13 de Marzo de 2008

lunes, marzo 10, 2008

"La vía chilena al socialismo y Lelio Basso" por José Antonio Viera-Gallo




La vía chilena al socialismo y Lelio Basso (*)


(*) Lelio Basso, senador socialista italiano gran conocedor del pensamiento de Marx


José Antonio Viera-Gallo









Lelio Basso y la experiencia de gobierno dirigida por Salvador Allende, tema apasionante y hoy podemos decir “histórico”. No sólo por los años transcurridos, sino por los cambios verdaderamente “epocales” ocurridos en estas tres décadas. Efectivamente, resulta difícil mirar con los ojos de hoy lo que pasaba en la década de los 70 y tanto mas arriesgado emitir juicios al respecto. Lo más apropiado es contentarse con una actitud más modesta, y simplemente narrar lo que ocurría, en este caso el encuentro de Lelio Basso con la Unidad Popular.



En Chile con el triunfo electoral de la Unidad Popular, coalición política formada principalmente por los partidos socialista y comunista, se iniciaba un proceso político inédito que llamó inmediatamente la atención de partidarios y adversarios. Por primera vez un candidato que se reconocía marxista llegaba a la Presidencia con un programa de gobierno de carácter revolucionario, luego de ganar estrechamente una elección popular y de que el Congreso Pleno donde las fuerzas de izquierda no tenían mayoría, ratificara su triunfo, merced al voto de la Democracia Cristiana en su favor.



Se transformó en un hecho universal: las miradas se volvieron hacia lo que podría suceder en Chile, país con una histórica tradición democrática dentro de América Latina. Ello ocurría mientras estaba en pleno curso la guerra de Vietnam y a pocos años de la rebelión estudiantil que había sacudido a los países desarrollados con su fuerte carga cultural. Al parecer de muchos se abría un nuevo escenario en la confrontación Este-Oeste, mientras para otros se generaba una esperanza de romper la lógica de las superpotencias y avanzar hacia un socialismo de rostro humano. Lo que había sido aplastado en Praga en 1968 parecía renacer en Chile.



Lelio Basso de inmediato demostró interés en conocer la revolución chilena y viajó a Santiago dentro del marco de la llamada "operación verdad" destinada a contrarrestar la campaña internacional en contra de Allende, que contaba con el respaldo del gobierno de Nixon. Desde un comienzo se pintaba un cuadro diferente al existente y Nixon intentaba ahogar la experiencia chilena, tanto que Allende llegó a decir que Chile era un "vietnam silencioso". Entonces, para que dieran a conocer la realidad del país se invitó a numerosos intelectuales y personalidades que generan

opinión, entre ellos Lelio Basso, quien participó en un encuentro académico destinado a analizar la transición al socialismo, al cual también concurrieron Rossana Rossanda y Paul Sweezy entre otros. De todos ellos, el que demostró mayor simpatía política hacia el proyecto de Salvador Allende fue, sin duda, Basso, el cual en sus intervenciones buscó aportar a su sustentación teórica.



Cabe hacer notar que en esa época el marxismo se encontraba en su apogeo. Si bien habían diversas interpretaciones del pensamiento de Carlos Marx, en la izquierda latinoamericana y en numerosos intelectuales europeos la discusión se daba “dentro” del marxismo. Quien planteara el tema desde otra perspectiva teórica, quedaba excluido del círculo. Incluso pensadores ajenos a la perspectiva marxista no sólo dialogaban con ella, sino que la asumían de distintas maneras. Recordemos que J.P. Sartre escribió que el marxismo se había convertido en el horizonte cultural de la época. Era, entonces, perfectamente entendible que las discusiones políticas en la izquierda tuvieran como punto de referencia la obra de Marx.



Este es un punto importante a tener en cuenta: el debate en torno al socialismo como perspectiva de acción política tenía como punto de referencia ineludible a Marx y el desarrollo posterior de las experiencias revolucionarias que se inspiraban en su pensamiento. Además se vivía un clima fuertemente utópico luego de la revolución cubana, las luchas del Che Guevara, la rebelión de los estudiantes universitarios en 1968 y la revolución cultural china.



Lelio Basso no podía sustraerse de ese ambiente, si bien siempre mantuvo una distancia frente a los impulsos simplificadores. Basso también participaba de la crítica a los dos modelos de acción política del movimiento obrero: la revolución rusa y el esquema del Estado de bienestar surgido de la socialdemocracia europea. No escondía su simpatía por Rosa Luxemburgo. A la URSS le reprochaba su capitalismo de Estado y su sistema social y político autoritario y a la socialdemocracia su compromiso con el sistema capitalista, es decir, su reformismo.



En general los pensadores de izquierda – y entre ellos el propio Basso – partían de la idea que vivíamos una época “revolucionaria” , es decir, donde el progreso de las fuerzas productivas en el capitalismo a nivel mundial hacía posible procesos profundos de cambio hacia el socialismo. Basso sostenía que ello dependía no tanto de los factores objetivos, que estaban dados, sino de la existencia de un sujeto político con la voluntad de realizar las transformaciones necesarias. El tema crucial era el movimiento social y su expresión política. Además pensaba que dada la mundializació n en curso y la creciente distancia entre países desarrollados y países periféricos, era posible que los procesos revolucionarios tuvieran lugar principalmente en el Tercer Mundo, influido tal vez por las luchas que llevaron a la descolonizació n y los otros procesos a que hemos hecho mención en América Latina, Africa y Asia.



La llamada vía chilena al socialismo coincidía con algunas de las concepciones políticas centrales de Basso. El Presidente Salvador Allende había dicho que las ideas originales de Marx y Engels en favor de un camino electoral y no violento hacia el poder se estaban realizando en un país subdesarrollado como Chile y no en EE.UU, Inglaterra u Holanda como ellos habían imaginado. Sabido es que Marx sostenía que la maduración del capitalismo, la ampliación y organización de la clase obrera junto con la solidez de las instituciones democráticas con la extensión del sufragio universal, permitirían en esos países hipotizar una transformació n revolucionaria usando los mecanismos de la democracia llamada burguesa. Lo veía más difícil en Alemania o Italia por el mayor atraso de esas sociedades.



Engels incluso había llegado a sostener que el tiempo de la “revolución armada” había concluido, luego de la experiencia de la Comuna de París, debido a la mayor tecnificación y profesionalizació n de los ejércitos. El mismo Engels, sin embargo, en el prefacio a la edición inglesa de El Capital no excluía que frente al avance de las fuerzas socialistas en ese país, “la clase dominante inglesa se sometiera a tal revolución pacífica y legal sin una “proslavery rebellion”, es decir, sin desatar una resistencia violenta.



Pues bien, Allende tomando pie en esas afirmaciones, afirmaba que lo sostenido por los clásicos del socialismo científico se estaba realizando – contrariamente a lo que ellos habían imaginado – en un país atrasado como Chile, tal como la revolución rusa había sorprendido a la Internacional, y Lenín había tenido que elaborar la teoría del “eslabón más débil del capitalismo” como punto de ruptura del sistema para explicar por qué el fenómeno se había dado en un país donde el capitalismo no había alcanzado todavía un grado significativo de desarrollo. Consecuente con ello, Allende planteaba la idea de un “segundo camino al socialismo”, diferente del seguido hasta ese momento por las experiencias revolucionarias, especialmente la cubana en América Latina. No existe en sus discursos de esa época una reflexión mayor sobre las experiencias de la socialdemocracia en Europa, porque el foco de la atención estaba en la idea del “agotamiento del sistema capitalista” como esquema de desarrollo para América Latina y, en general, para el Tercer Mundo, y la consiguiente necesidad de ensayar nuevos derroteros políticos.



Este es un punto central: el agotamiento del capitalismo como esquema de desarrollo. Marx pensaba lo contrario, que la expansión del capitalismo en el mundo abría las puertas del progreso, aunque llevara consigo un grado importante de injusticia. La izquierda latinoamericana y chilena a partir de las reflexiones sobre el imperialismo y desarrollando la llamada "teoría de la dependencia" , sostenía que el camino al desarrollo suponía un cambio drástico de enfoque.



Cabe recordar que este debate estaba profundamente influido por las críticas a la "estrategia de desarrollo hacia adentro" que Chile, como muchos otros países de la región, seguía desde 1934, estrategia frustrada al no lograr consolidar una industrializació n dinámica basada en la sustitución de importaciones para abastecer al mercado interno impulsada como reacción a la Gran Depresión. El PIB por habitante creció en todos esos años sólo a un 2.1%. Entonces, se postulo no sólo el agotamiento de ese particular modelo de crecimiento, sino del sistema capitalista en cuanto tal. Estas posiciones no sólo eran compartidas por la izquierda, con algunas reticencias del Partido Comunista, sino también eran asumidas por importantes sectores de la Democracia Cristiana y, en general, del mundo cristiano latinoamericano sacudido por la toma de conciencia de las injusticias sociales y el incipiente surgimiento de la teología de la liberación.



Marx había señalado en un discurso en Ámsterdam en 1872 que cada país tenía su propio camino al socialismo según fueran sus tradiciones, instituciones y costumbres. Por eso Allende podía hablar con propiedad de una vía chilena al socialismo con sabor a empanadas y vino tinto. Incluso Lenín en "El Estado y la revolución" reconoce que así como las formas políticas del Estado en el capitalismo son muy diversas, también en la transición socialista habrá una multiplicidad de sistemas de gobierno. En rigor, la dictadura del proletariado no era concebida como un régimen político sino como una determinada organización social, aunque en los hechos ambos planos se confundieron y la ambigüedad del concepto ha servido para justificar el despotismo. Por eso Allende la excluía de su diseño político.



La originalidad de la experiencia chilena estaba, precisamente, en la utilización de métodos democráticos para avanzar hacia una superación del sistema, aunque fuera gradualmente, sin recurrir a la violencia y sin caer en lo que se consideraba el reformismo claudicante de la socialdemocracia. En eso consistía principalmente el segundo camino al socialismo, que en la concepción de Allende excluía la dictadura del proletariado como forma autoritaria de ejercer el poder. En una palabra, eran democráticos los métodos usados para lograr el poder y también para ejercerlo. Dicho en otros términos, se trataba de superar los límites de la democracia formal avanzando hacia una democracia real que sólo podía sustentarse en una economía socializada.



Sobre los aspectos institucionales y jurídicos de este proceso había pocos precedentes y las reflexiones de Marx sobre los mismos en el período de transición eran abiertamente insuficientes y la ciencia política moderna se había constituido al margen del marxismo. Como señala N. Bobbio, "a pesar que Marx se propuso escribir en sus primeros años una "crítica de la política" y que mostró interés por la teoría política al comentar algunos parágrafos sobre el Estado de la Filosofía del derecho de Hegel, no escribió ninguna obra dedicada expresamente al problema del Estado, tan es así que la teoría política marxista debe ser deducida de pasajes, generalmente breves, tomados de obras de economía, historia, política, literatura, etc" ( La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político). Este vacío encuentra su raíz en la concepción negativa del Estado de Marx al identificar su actuar con la dominación de la clase dirigente.



Hubo en el caso chileno una fuerte polémica entre el Partido Comunista y el Partido Socialista respecto a la naturaleza del proceso político encabezado por la UP. El primero aceptaba las ideas de Allende, pero excluía que el programa de su gobierno tuviera un carácter socialista. Lo concebía más bien como un programa antifeudal y antimperialista que prepararía el camino hacia posteriores cambios propiamente socialistas, con lo cual se acercaba en los hechos al reformismo socialdemócrata. Y por eso mismo mantenía la idea de la dictadura del proletariado; el Partido Socialista, en cambio, afirmaba con fuerza el carácter socialista del proceso chileno y buscaba definir rápidamente la cuestión del poder estatal para avanzar más decididamente hacia el socialismo siguiendo su consigna de “avanzar sin transar”. La visión comunista estaba más cercana a la posición de la URSS que apoyaba los cambios en Chile pero miraba con recelo que pudiera surgir una nueva forma de socialismo que pusiera en cuestión su propio sistema; también desconfiaba de la posibilidad que en el área de influencia norteamericana pudiera tener éxito un proceso revolucionario. En cambio la actitud del PS sintonizaba más con las ideas cubanas de extender la revolución por América Latina.



Basso no entró directamente en ese debate. Intentó mas bien comprender lo que estaba sucediendo en el país y dar sustento teórico a la experiencia allendista. Fue así como propuso un conjunto de ideas que en la práctica podían servir para polemizar con las fuerzas más izquierdistas que negaban la posibilidad de una revolución no violenta y que planteaban la necesidad de una ruptura tajando con el Estado burgués. Esos planteamientos encontraban eco en importantes sectores del PS y en el MIR, y había muchos teóricos marxistas que las sustentaban.



Basso fue crítico con quienes adherían ciegamente a la tesis de la conquista violenta del poder con miras a la posterior construcción del socialismo. Las raíces históricas – a su juicio – de esta posición no se encuentran tanto en Marx como en pensadores del Setecientos y el Ochocientos, como Babeuf, Morelly, O'Brien y Blanqui. Acusa a quienes sostienen esta tesis de hacer una lectura simplista de Marx, entre ellos a Paul Sweezy que entonces dirigía la Monthly Review.



Sostiene que la sociedad va generando en su propio seno, durante un largo y complejo proceso, los gérmenes del cambio. En palabras de Marx, “en los poros de la vieja sociedad se ha formado una sociedad nueva” de manera análoga a lo ocurrido con el surgimiento del capitalismo desde la sociedad feudal. La conquista del poder puede, entonces, ocurrir por vía democrática. Ello no excluía – según el propio Basso – que frente a una rebelión violenta de las fuerzas resistentes al cambio, se respondiera con la violencia. Pero en ese caso se trataría de una violencia doblemente legítima: no sólo por los propósitos que buscaba, sino también por ser una respuesta a la reacción de los adversarios que habrían quebrantado la legalidad.



Como afirma el propio Basso, Marx no confiaba tanto en una toma violenta del poder, como en “la maduración simultánea y conjunta, a través de un largo proceso de lucha de clases, tanto de las condiciones objetivas ( desarrollo y socialización de las fuerzas productivas y consiguiente transformació n de la estructura), como de las condiciones subjetivas ( formación y desarrollo de la conciencia de clase, capacidad democrática de autogobierno del proceso productivo por parte del proletariado, remoción progresiva de las relaciones de poder , etc.)”. El progreso tecnológico se convierte, de hecho, en un potente factor de cambio social. Por cierto no el único, pero con un papel no despreciable. Existe en el capitalismo una lógica contradictoria entre la socialización creciente de las fuerzas productivas, por una parte, y la lógica de la apropiación individual de la ganancia, por otra. Del entrecruzarse de ambas lógicas se deriva la flexibilidad del sistema y su capacidad para integrar las reformas sociales, que son a la vez el fruto de las luchas de los trabajadores y de las exigencias de progreso de la producción.



Basso atribuye gran importancia a la capacidad política de las fuerzas populares para intervenir en el proceso histórico y, con una visión revolucionaria, dar sentido a las reformas, para que la lógica de socialización se convierta poco a poco en el eje de cristalizació n de todos los elementos de la futura sociedad. Cita a Engels quien afirma que una vez comprendidas las leyes de funcionamiento del sistema, lo que falta es la voluntad para someterlas a los fines revolucionarios. En su visión se articula el carácter revolucionario de los fines con la gradualidad de las reformas. Basso se aleja del extremismo revolucionario y del reformismo.



Así coincide exactamente con la posición de Salvador Allende. Uno era el intelectual, otro el líder político; uno el estudioso del marxismo, el otro el hombre de grandes intuiciones y visiones de futuro. Se produce así un encuentro de hecho entre estos dos personajes, que se ubicaban políticamente a la izquierda de los Partidos Socialistas.



Para avalar su posición, Basso se refiere al papel que puede jugar el derecho en un proceso de cambio social rechazando de plano las interpretaciones simplistas que sólo ven en el derecho un instrumento de dominación. Sus reflexiones eran muy significativas para Chile justo cuando se experimentaba la vía legal al socialismo.



En primer lugar Basso hace referencia a la función ideológica del derecho burgués que intenta esconder el sustrato real de injusticia existente en la sociedad afirmando principios generales. Se trata de promesas incumplidas. Siendo el capitalismo una sociedad de la desigualdad y la explotación, debe sin embargo presentarse como una sociedad libre y de iguales. Marx había afirmado en El Capital que "en cuanto a la vida real, es justamente el "Estado político" el que, aun cuando no se halle todavía conscientemente impregnado de las exigencias socialistas, contiene en todas sus formas modernas, las exigencias de la razón. Y no se detiene allí. Presenta por doquier la razón como realizada. Cae por tanto siempre en la contradicción entre su finalidad ideal y sus presupuestos reales. De este conflicto del Estado político consigo mismo puede desarrollarse en todas partes la verdad social".



Efectivamente y en forma creciente, los principios jurídicos de valor universal se convierten en un motor para procurar grados mayores de justicia. Cada vez se acepta en menor medida el contraste abierto entre la norma jurídica y la realidad social. Así sucede, por ejemplo, con los derechos humanos y su consagración en el derecho internacional, que se han convertido en un verdadero código ético eficaz para poner atajo a los principales abusos del poder.



Sin advertir la futura ola neoconservadora y neoliberal, Basso afirma que una mayor intervención del Estado puede ser tanto un propósito de las fuerzas socialistas como una exigencia del buen funcionamiento del propio sistema capitalista. En los años 70 no se podía prever que el dinamismo de la globalización llevaría a un debilitamiento de los Estados y que las fuerzas neoliberales buscarían romper el equilibrio existente entre las esferas de lo público y lo privado en economía a favor del mercado libre de regulaciones y trabas. No serían las fuerzas socialistas las que cuestionarían ya el Estado de bienestar y sus logros sociales, sino las fuerzas conservadoras con la bandera del Estado mínimo. Y justamente Chile, como reacción al período de la UP, sería un experimento en ese sentido



Además con el avance político de las fuerzas socialistas, Basso firma que se produce un cambio cultural en el significado de muchas normas jurídicas, las cuales son revalorizadas saliendo del olvido o bien reinterpretadas a favor del proceso en curso. Es decir, las contradicciones existentes en el interior del sistema normativo reflejan y sirven el cambio en curso. En la UP se recurrió a leyes dictadas décadas atrás que facultaban al Gobierno para intervenir en la economía y la oposición criticó este actuar motejando al Gobierno de hacer uso de "resquicios legales".



Basso sostenía, influido por la experiencia italiana, la importancia que tenía en este proceso de transición la magistratura, órgano estatal encargado justamente de interpretar la ley y de aplicarla. En Chile la magistratura jugó un papel conservador, sirviendo de freno al accionar del Gobierno. Respecto al papel del Parlamento, Basso comprende la importancia que tiene para un Ejecutivo que promueve el cambio, el apoyo de la ciudadanía que influirá en el papel de los parlamentarios. Por tanto, la existencia de una mayoría parlamentaria adversa, no es un obstáculo insalvable.



No se le escapa a L. Basso, sin embargo, que el poder político condicionado de la Unidad Popular estaba lejos de significar la dirección efectiva de la sociedad. Hace referencia a casos europeos análogos, pero advierte en el Gobierno de Salvador Allende una voluntad política auténticamente socialista, que no busca una suerte de compromiso social con el capitalismo, como ocurre en las experiencias socialdemócratas que Basso criticaba. La suerte de la via chilena - a su juicio - dependía en gran medida de la capacidad de resistencia que podían tener las fuerzas conservadoras dentro y fuera de la legalidad, legítima o violentamente.



Basso no hace un análisis político de la situación chilena de los años 70, ni da consejos de cómo se debe actuar. Tampoco desarrolla sus ideas sobre el cuadro internacional existente. Se limita a entregar un conjunto de reflexiones de teoría política que sirven para legitimar la via chilena al socialismo en el cuadro cultural de la izquierda de la época, para lo cual recurre principalmente a su conocimiento del pensamiento de Marx.



Todos conocemos el trágico desenlace que tuvo la experiencia encabezada por Salvador Allende. No es esta la ocasión para evaluar su viabilidad histórica. El hecho es que las esperanzas de cambio social chocaron con la intervención militar y el establecimiento de una inhumana dictadura que transformó profundamente la sociedad. El país fue derivando progresivamente hacia una suerte de empate social y político que paralizó la economía y el aparato institucional. Hubo intentos de diálogo y búsqueda de una salida negociada que no fructificaron. El Presidente Allende intentó salvar la democracia hasta que las FF.AA. optaron por hacerse violentamente del poder y el General Augusto Pinochet lo ejerció sin contrapeso ni miramientos durante casi 17 años hasta que la ciudadanía en un plebiscito abrió las puertas a la democracia.



Lelio Basso luchó infatigablemente por defender los derechos humanos violados en Chile y en América Latina, donde se sucedían los regímenes militares. No sólo lo hizo con su voz autorizada, sino que organizando el Tribunal Russell que tuvo importantes y numerosas sesiones para recibir los testimonios de lo que sucedía en Chile. Fue éste un instrumento significativo de toma de conciencia , y sirvió también para hacer avanzar el derecho internacional de los derechos humanos.



Basso nos acompañó en el período de lucha y en nuestra derrota. Estuvo siempre a nuestro lado, sin llegar a ver el triunfo de la democracia sobre la dictadura. Por eso le debemos gratitud, y cuando falleció, los exiliados chilenos en Roma fuimos con nuestras banderas a tributarle nuestro sincero homenaje.



Desde entonces la historia se aceleró: cayeron los muros, terminó el apartheid, se profundizó la globalización con la difusión de las nuevas tecnologías, se agotó la experiencia comunista, el horizonte cultural se llenó con las teorías de la post-modernidad y el resurgimiento del fundamentalismo religioso, el terrorismo internacional cobró nuevos bríos y una nueva forma de sociedad comenzó a asomarse al escenario mundial: la sociedad del conocimiento. Las discusiones de la última mitad del siglo pasado perdieron relevancia. Una cosa, sin embargo, permanece de la figura de Lelio Basso, legítimo exponente de la izquierda de esos años: su lucidez intelectual y su solidez ética reflejadas en una visión universal de los problemas económicos, sociales y políticos y en la solidaridad con los movimientos de cambio a lo largo del mundo.



Quienes conocimos a Salvador Allende y a Lelio Basso no olvidaremos su ejemplo.

miércoles, marzo 05, 2008

"Verdades oficiales y el Derecho Internacional Humanitario" por Wilson de Los Reyes Aragón

Artículo del abogado Wilson De Los Reyes Aragón, 4 de marzo de 2008



"VERDADES OFICIALES Y EL DIH"

Más allá de las discusiones sobre la soberanía, la militarización de fronteras, las resoluciones del consejo de seguridad de la ONU o de si se trató de un combate o un bombardeo, de los hechos ocurridos el sábado pasado en la zona de frontera entre Ecuador y Colombia surge una que hasta el momento ha brillado por su ausencia en todos los comentarios, debates y noticias sobre el tema tanto a nivel nacional como internacional, y que tiene una importancia trascendental, cual es la aplicación del derecho internacional humanitario.



Entre las particularidades del DIH se encuentra la inaplicabilidad del principio de reciprocidad (art. 1 común), lo que equivale a que un Estado no puede escudar su incumplimiento de dichas normas porque otros Estados o actores armados no estén dispuestos a cumplirlo. Esto significa que en tanto que Colombia ha ratificado los Convenios de Ginebra (entraron en vigor en 1962) así como los Protocolos I y II adicionales a dichos Convenios (entraron en vigor en 1991 y 1996, respectivamente), tiene la obligación internacional (y constitucional según los arts. 93 y 214.1 de la Carta de 1991) de respetar el DIH aún cuando su cumplimiento no sea recíproco. Precisamente, el Ministerio de Defensa de Colombia adoptó recientemente una "Política de DDHH y DIH", la cual (según el propio Ministro de Defensa anunciara el 22 de enero pasado) contiene las "herramientas jurídicas y operacionales que les permitirán [a la fuerza pública] cumplir la misión con total apego a la Constitución y la Ley", así como garantizar una "política de cero tolerancia contra las violaciones a los DDHH e infracciones al DIH" (ver www.mindefensa.gov.co).



Es preciso, entonces, analizar la actuación de la Fuerza Pública en los hechos ocurridos el fin de semana pasado a la luz de los compromisos internacionales vinculantes para el Estado colombiano.



El comunicado de prensa emitido por el Ministerio de Defensa el 1 de marzo de 2008 indica que a las 00:25 de ese día se inició una operación militar "para atacar el lugar donde estaban ubicados los guerrilleros del frente 48" cuyo resultado fue de "17 guerrilleros abatidos" y que dos de esos 17 cadáveres fueron "trasladados a territorio colombiano" (ver www.mindefensa.gov.co y www.eltiempo.com del 01/03/08). Dejar a los demás muertos abandonados luego del combate vulnera la obligación de "buscar a los muertos, impedir que sean despojados y dar destino decoroso a sus restos" (art. 8 Protocolo II). La información indica que existió tiempo suficiente para recoger los cadáveres y trasladarlos a un sitio donde pudieran ser identificados. Sin embargo, ello no se hizo.



La televisión mostró que en el campamento se encontraban, además de los 17 abatidos, 3 guerrilleras que resultaron heridas en dichas operaciones (ver además www.eluniversal.com.mx y www.eltiempo.com del 02/03/2008). Ellas también fueron abandonadas desde el momento de la operación militar (00:25 horas) hasta muy entrada la tarde del sábado (19:15 horas) (ver www.elcomercio.com.ec del 03/03/08). Es decir, los heridos permanecieron sin asistencia médica para sus heridas por espacio de 19 horas. Al dejar a los heridos abandonados, a la espera de ser atendidos por un tercero, la operación militar colombiana contrarió la obligación humanitaria según la cual "los heridos y los enfermos serán recogidos y asistidos" (art. 3 común) y que "en toda circunstancia serán tratados humanamente y recibirán, en toda la medida de lo posible y en el plazo más breve, los cuidados médicos que exija su estado. No se hará entre ellos distinción alguna que no esté basada en criterios médicos" (art. 7 del Protocolo II). Si se acepta el testimonio de las heridas, en el sentido de que "los policías [colombianos] fueron sacados en helicóptero del lugar" (ver www.elcomercio.com.ec del 03/03/08), se comprueba que la fuerza pública colombiana tuvo suficiente tiempo para atender y evacuar a los heridos.



Este hecho plantea un interrogante adicional, puesto que si los heridos en combate eran guerrilleros (ver www.eltiempo.com del 02/03/08), no se encuentran razones para que la fuerza pública colombiana omitiera capturarlos y presentarlos a la autoridad judicial competente por la comisión del delito de rebelión (art. 467 Código Penal)



Sin embargo, lo realmente preocupante de todo lo anterior es que el alto mando militar, el ministro de defensa y el presidente de Colombia estuvieron informados en todo momento del desarrollo de las acciones en la noche entre el viernes y el sábado, al punto de que no durmieron por seguir las incidencias de la operación militar (ver www.eltiempo.com del 02/03/08) y que "lo que encontraron las tropas fue comunicado inmediatamente a Bogotá, donde se seguía al milímetro cada detalle" (ver www.eltiempo.com del 01/03/08).



Si el alto mando militar y el Gobierno colombiano están comprometidos con el respeto y aplicación del DIH y participaron de la planeación y ejecución de la operación del sábado anterior, ¿cómo se explica entonces que no se haya incluido dentro de dicho plan la "hoja de ruta" en materia de DIH recientemente presentada? Si uno de los propósitos confesos del Ministro de Defensa es integrar los DDHH y el DIH "a la actividad de cada soldado y cada policía" (ver www.mindefensa.gov.co), ¿cuáles son los motivos para que ellos no se aplicaran en las operaciones del sábado anterior? ¿Por qué la fuerza pública colombiana infringió el DIH a pesar de su compromiso manifiesto de respetar las obligaciones constitucionales e internacionales de Colombia?



Es indiscutible la legitimidad de luchar contra el terrorismo, pues como lo afirmó en 2001 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos "los Estados tienen el derecho y aún el deber de defenderse" contra el mismo. No obstante, también debe tenerse en cuenta que "la lucha contra el terrorismo debe realizarse con pleno respeto a la ley, a los derechos humanos y a las instituciones democráticas" (OEA, 2002), lo cual no es otra cosa que repetir el principio según el cual "el fin no justifica cualquier medio".



Como se observa, aún existe un gran tramo que separa el derecho formal de su aplicación en la realidad, puesto que si en una operación planeada y supervisada directamente por el alto gobierno y el alto mando militar se evidencian graves infracciones al derecho internacional humanitario, cómo puede el Estado asegurar que en las operaciones rutinarias y de menor trascendencia sí se cumple?



PS: Vale la pena preguntarse, ¿se habría actuado igual si Colombia no hubiese formulado reservas a la jurisdicción de la Corte Penal Internacional?



Cordialmente,


Wilson De los Reyes Aragón
Abogado
Master en Estudios Avanzados en Derechos Humanos
Doctorando en Derecho
Profesor de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario
Universidad del Norte - Barranquilla (Colombia)"

domingo, febrero 24, 2008

"Jodorkovski en Siberia" por Mario Vargas Llosa (El País)

TRIBUNA: LA CUARTA PÁGINA MARIO VARGAS LLOSA
Jodorkovski en Siberia
El antiguo patrón de la petrolera Yukos sufre un duro castigo por su quimérica pretensión de intervenir en la política rusa como crítico y opositor democrático del nuevo zar, Vladimir Putin.

MARIO VARGAS LLOSA 24/02/2008

Tal como van las primarias, es muy posible que los candidatos a la Presidencia de Estados Unidos sean los senadores Barack Obama, por el Partido Demócrata, y John McCain por el Republicano. Y, si es así, qué duda cabe que las polémicas en la campaña serán afiebradas, dadas las discrepancias que mantienen sobre la guerra en Irak, la política económica, la seguridad social y muchos otros temas. Pero, por lo menos en uno, su coincidencia es total, y es seguro que cualquiera que resulte triunfador interpondrá sus buenos oficios para que el Gobierno ruso cese, o por lo menos atenúe, el encarnizamiento con que persigue al antiguo dueño de la compañía petrolera Yukos, Mijáil Jodorkovski, ahora sepultado en una cárcel de Siberia. En efecto, el 18 de noviembre de 2005, McCain y Obama presentaron en el Senado de Estados Unidos una resolución que fue aprobada por unanimidad contra las condenas de Jodorkovski y su socio Platón Lébedev que, según aquel texto, recordaban las peores prácticas judiciales de la era soviética.

Confieso que hasta hace poco no tenía la menor simpatía por Mijáil Jodorkovski de cuyo caso sabía muy poco y al que, de manera vaga, asociaba a los antiguos burócratas comunistas que, en la época de Yelstin, se vendieron a sí mismos, en una mascarada de privatización, las industrias que administraban, volviéndose de este modo millonarios de la noche a la mañana.

Pero un artículo de André Glucksmann en Le Monde y las referencias que en él se hacían a declaraciones de dos grandes luchadoras democráticas rusas, Elena Bonner-Sajarov y la asesinada periodista Anna Politkóvskaya sobre este caso, me pararon las orejas y me llevaron a investigar. Ahora creo que los tres tenían razón y que los castigos y atropellos judiciales de que es víctima el antiguo patrón de Yukos no tienen nada que ver con los delitos económicos que pudo cometer en la actividad empresarial que lo convirtió por un tiempo en el hombre más rico de Rusia, y sí, en cambio, con los apoyos que prestó a instituciones y partidos políticos de corte demócratico, a organizaciones de derechos humanos, a sus intentos de introducir en sus empresas métodos de apertura y transparencia a la usanza occidental y, sobre todo, a su pretensión -quimérica, dadas las circunstancias de su país- de intervenir en la política rusa como crítico y opositor del nuevo zar, Vladimir Putin.

Su historia es novelesca. Nacido en 1963, fue líder del Komsomol (juventudes comunistas) mientras estudiaba Ingeniería. Durante la perestroika comenzó a hacer negocios, abriendo primero una cafetería y luego un comercio que importaba computadoras y mercancías de lujo. Sus ganancias le permitieron abrir un pequeño banco en 1988, que, gracias a su empeño y a sus influencias políticas, creció como la espuma. En 1995 realizó la compra de Yukos, por unos 350 millones de dólares. Dos años después, el valor de Yukos se había multiplicado a nueve mil millones. Era la época de esa orgía de privatizaciones luctuosas en la agonizante URSS y quién puede dudar que esta operación sólo pudo ser posible gracias a tráficos y privilegios de índole política.

Ahora bien, si los orígenes de la enorme fortuna que alcanzó con sus empresas son sospechosas, y acaso delincuenciales, como los de todas las grandes fortunas que surgieron en Rusia de la noche a la mañana en la behetría de la transición de la Unión Soviética a la Rusia actual, todos los testimonios que he podido consultar señalan que Jodorkovski, una vez al frente de Yukos, introdujo una gestión moderna, publicando balances rigurosos, revelando los nombres de sus accionistas, pagando impuestos y distribuyendo dividendos. Estas prácticas le permitieron entablar relaciones estrechas con grandes compañías occidentales, con las que inició operaciones conjuntas. Al ser detenido, negociaba una fusión de Yukos con la Exxon Mobile.

A la vez, empezó a financiar órganos de prensa y centros de información independientes, fundaciones dedicadas a los derechos humanos, organizaciones políticas de índole democrática y liberal e hizo saber -fue, sin duda, su delito capital- que tenía la intención de participar en política activa oponiéndose a Putin, cuyas decisiones y úcases contra empresarios criticó abiertamente. Mientras algunos de éstos, como Boris Berezovsky, presintiendo lo que se venía, huían al extranjero, Jodorkovski hizo saber que no abandonaría Rusia porque no tenía nada que reprocharse desde el punto de vista legal.

Así le fue. Meses antes de las elecciones de 2004 a las que quería presentarse, en octubre del 2003 fue arrestado y acusado de fraude y de haber evadido mil millones de dólares en impuestos. En mayo de 2005, luego de una mascarada de juicio en el que los abogados de la defensa fueron acosados por las autoridades y, a menudo, impedidos incluso de asistir a las sesiones del tribunal, lo condenaron a ocho años de cárcel. Enviado a Siberia y puesto por largos períodos en situación de confinamiento, fue víctima de un extraño intento de homicidio por otro recluso que intentó clavarle un cuchillo en la garganta. Cuando cumplió la mitad de la pena y, según la legislación rusa, podía salir en libertad condicional, ésta le fue denegada y la fiscalía se apresuró a acusarlo de nuevo, ahora por malversación y lavado de dinero, imputaciones por las que podría ser condenado a 22 años más de prisión.

Entretanto el Gobierno de Putin se había incautado de Yukos y llevado a la más próspera empresa petrolera rusa a orillas de la extinción, con el fin de concentrar en el Estado todo el control de la energía, el principal instrumento de influencia y coerción con que cuenta Putin frente a sus vecinos en particular y a Europa en general. El hombre más rico de Rusia no quedó reducido a la pobreza extrema, desde luego, pero su astronómica fortuna simplemente se desintegró y, con ella, se encogió considerablemente el sector privado de la economía rusa.

La situación de Jodorkovski en la prisión siberiana de Chita donde languidece, y en la que, a menos que la presión internacional consiga salvarlo, acaso deje los huesos, se halla cerca de la frontera con Mongolia y las condiciones de los presos son durísimas. El hostigamiento a sus abogados es sistemático y los permisos de visita reducidos a una hora. Una de las razones esgrimidas por la justicia para negarle la libertad condicional fue que durante los paseos en la prisión se negaba a llevar las manos unidas a la espalda. Hasta el momento, todas las protestas de gobiernos e instituciones -entre ellos los de la canciller Angela Merkel y el presidente Bush-, de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, del Senado de Estados Unidos, del Parlamento Europeo, del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y de innumerables Colegios de Abogados e instituciones de derechos humanos, han sido inútiles.

El caso Jodorkovski ilustra bastante bien la trágica historia contemporánea de su país. Luego de setenta años de autoritarismo dictatorial y economía estatizada el sistema comunista se desplomó por implosión interna y lo sucedió no la libertad sino el libertinaje y la anarquía. En esta situación de caos institucional, desintegración del orden público y colapso de la economía, proliferaron las mafias y el gangsterismo, la corrupción se generalizó, surgieron fortunas vertiginosas y los niveles de vida, ya mediocres o ínfimos de una mayoría de ciudadanos, empeoró a la vez que la desaparición del orden y de la seguridad pública creaban las condiciones propicias para un nuevo autoritarismo. Es lo que trajeron Vladimir Putin y su rosca de antiguos compañeros de la más eficiente (y repelente) supervivencia de la vieja URSS: el KGB, la policía política. La inexperiencia y el desorden en que vivía hizo que el pueblo ruso viera en el nuevo autócrata a su salvador y aceptara con beneplácito el nuevo régimen.

En la nueva Rusia de Vladimir Putin no ha muerto el capitalismo ni mucho menos. Hay muchos empresarios que hacen grandes negocios. Pero a condición de ser dóciles y trabajar en estrecha complicidad con el poder político, que es, ahora, como en todas las sociedades autoritarias, la fuente del éxito y del fracaso de una empresa, algo que depende de los privilegios que concede el poder y no del favor del público consumidor. Y para que no lo olviden, y, sobre todo, para que no vayan a experimentar esa forma de locura que es querer actuar libremente y hasta intervenir en política, ahí está el insensato de Mijáil Jodorkovski, helándose a 40 grados bajo cero, durmiendo en una tarima de madera y preguntándose sin duda por qué maldita suerte la realidad rusa -comunista o capitalista- se parece tanto a las pesadillas de Dostoyevski.
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